Los cálices vacíos (Montevideo, 1913) es el tercer libro de poemas de Delmira Agustini (1886-1914), poeta uruguaya perteneciente a la Generación del 900. Fue el último volumen publicado en vida de la autora y constituye una de las obras centrales de la poética modernista; asimismo, se considera parte de la bibliografía inaugural de la lírica femenina de principios del , junto con la de María Eugenia Vaz Ferreira.Beatriz Colombi, “Prólogo” a Delmira Agustini, Los cálices vacíos, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2014, s. p.

Historia editorial En 2014 Carina Bixten llevó a cabo una minuciosa revisión del Archivo de Delmira Agustini, con la finalidad de rastrear en los siete cuadernos manuscritos el proceso creador de la poeta uruguaya. Según Bixten, el “cuaderno 5” corresponde a las primeras versiones que más tarde formarían parte del volumen, mientras que en el “cuaderno 6”, transcrito por Santiago Agustini (padre de Delmira) se encuentra ya ordenada y con títulos la selección que integraría el libro. Finalmente, la “Copia definitiva para la publicación de «Los cálices vacíos»”, con letra de Santiago y correcciones de Delmira, fue entregada a Orsini M. Bertani, editor que, con anterioridad, estuvo a cargo sus dos primeros poemarios, El libro blanco (1907) y Cantos de la mañana (1910). Ambos fueron corregidos y aumentados para publicarse al interior de Los cálices vacíos.Carina Bixten, “Gestación de Los cálices vacíos. El incipit del quinto cuaderno de manuscritos y el poema «Visión»”, en Delmira Agustini en sus papeles, Uruguay: Biblioteca Nacional, 2014, pp. 107-114.

Luego de la editio princeps, la historia editorial y la transmisión textual de Los cálices vacíos se vio afectada debido a los diversos criterios de impresión de las subsecuentes reediciones. En un detallado estudio de Rosa María Gutiérrez,Rosa García Gutiérrez, “Historia de una profanación: la transmisión textual de Delmira Agustini”, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2014, s. p. la autora señala que a partir de la compilación en dos volúmenes de los tres poemarios reunidos bajo el título de Poesías completas (1924) y publicados por Vicente A. Salaverry, la obra de Agustini, en particular Los cálices vacíos, dejó de difundirse tal y como la poeta la habría concebido. Entre los cambios y enmiendas que los editores realizaron, Gutiérrez destaca la inclusión de una selección de poemas de la edición de 1913, agrupados bajo el título El rosario de Eros.

En 1940, apareció Obra poética, prologada por Raúl Montero Bustamante. Esta edición, dirigida por el Ministerio de Instrucción Pública fue, no obstante, retirada debido a las incontables erratas, por lo que su transmisión no tuvo un gran alcance.

Quizás la versión más popular de las Poesías completas fue la de 1944, publicada en la editorial Losada (Buenos Aires), cuya edición y prólogo corrieron a cargo de Zum Felde. Para este volumen, el académico dividió la obra en cuatro apartados que corresponden a los libros: “El libro blanco”, “Cantos de la mañana”, “Los cálices vacíos” y “El Rosario de Eros”, para las que realizó una selección de composiciones aparecidas en las publicaciones homónimas. Además, incluyó una “Antología”, integrada por la recopilación de los que consideró sus mejores poemas. Sin embargo, Gutiérrez advierte la falta tanto de una justificación en la organización de los textos, como de la procedencia de las piezas.

Hacia 1971, Manuel Alvar publicó una nueva edición de las Poesías completas de Agustini en la editorial Labor (Barcelona). Para ésta, el filólogo excluyó la obra póstuma y la inédita, y fijó las editio princeps de Los cálices vacíos, con la intención de respetar la voluntad de la autora. Sin embargo, de El libro blanco (1907) y Cantos de la mañana (1910) reprodujo sólo las versiones corregidas por Agustini para la edición de 1913 de Los cálices vacíos, lo cual imposibilita la lectura de los poemarios tal y como fueron compuestos.

Por su parte, Magdalena García Pinto realizó la versión de las Poesías completas de Cátedra (Madrid), en 1993. En este volumen se recuperó una importante cantidad de material inédito localizado en la prensa; sin embargo, la editora no resolvió el problema de Los cálices vacíos debido a que su edición reproduce la de Alvar.

En 1999, Ediciones Plaza (Montevideo) publicó una edición crítica preparada por Alejandro Cáceres. En este volumen, Cáceres restituyó la voluntad de la autora sobre sus dos primeros poemarios e incluyó la poesía póstuma en la sección “Los astros del abismo”. Para Los cálices vacíos tomó en cuenta sólo los poemas nuevos.

Con prólogo de Martha Canfield, Sibila (Sevilla) ofreció en 2009 otra edición de las Poesías completas de Agustini. En este testimonio, el problema de Los cálices vacíos permanece.

Finalmente, en 2013, cien años después de la primera publicación, Rosa García Gutiérrez reeditó Los cálices vacíos en Point de Lunettes (Sevilla). Esta edición restablece la transmisión textual tal como habría sido diseñada por la voluntad autoral, extraviada a partir de las primeras Obras completas de 1924.Inmaculada Lergo Martín, "Reseña", Anales de Literatura Hispanoamericana, 2013, vol. 42, p. 421.

Estructura del libro El libro es precedido por una breve nota de Rubén Darío titulada “Pórtico”. En estas líneas, el poeta nicaragüense celebra la lírica de Agustini de la siguiente manera: En seguida, se presentan dos cuartetas de rima consonante escritas en francés y sin título. Según Alejandro Cáceres, esta composición podría filiarse a “Mis amores”, poema póstumo incluido en la edición de 1924.Alejandro Cáceres, “La obra”, en Delmira Agustini, Poesías completas, edición crítica prologada y anotada por A. C., Ediciones de la Plaza, Montevideo, 2017, p. 116.

El libro de Agustini está integrado por setenta y un poemas de los cuales veintiún composiciones líricas son nuevas y pertenecen a la sección homónima del libro. Las composiciones de Los cálices vacíos están distribuidas en tres secciones: la primera, enmarcada por el título general del libro, contiene nueve poemas (tres endecasílabos, tres alejandrinos, un octosílabo y dos de verso irregular); esta sección abre con el endecasílabo “A Eros”, encabezado por la leyenda “Ofrendando el libro”. La siguiente división, “Lis púrpura”, está formada por tres poemas (dos endecasílabos y un octosílabo) y, finalmente, “De fuego, de sangre y de sombra” incluye nueve poemas más (dos endecasílabos, cuatro alejandrinos, dos octosílabos y uno de verso irregular).

Esta primera parte del libro se clausura con una apostilla titulada “Al lector”, por medio de la cual, Agustini anuncia que se encuentra preparando una próxima impresión de sus textos:

En este ejemplar se incluyeron, además, una reedición de Cantos de la mañana (1910) y una selección de poemas corregidos de El libro blanco (1907). Cáceres, en su edición crítica de las Obras completas, propone que la suma de los dos primeros poemarios fue, en realidad, una petición del mismo Orsini M. Bertani, quien, hipotéticamente, le habría recomendado a la poeta ampliar su volumen. Sin embargo, la nota dirigida al lector sugiere que la voluntad de Agustini apuntaba hacia la reescritura de sus versos. Sobre este aspecto, Rosa García Gutiérrez advirtió: Todo apunta a que fue voluntad de Agustini, no sólo la autoselección y la reescritura de algunos de los poemas, sino también el orden que aplicó a los libros, terminándose por el más antiguo en una especie de cronología inversa [...]. Todo eso fue Los cálices vacíos, tal y como lo diseñó la autora: toda Delmira –en su verdad, en su expurgo, en su autocrítica y en la compañía crítica de lectores a la altura que siempre anheló– se ofreció así condensada en un libro que, inesperadamente, se convirtió en balance y despedida.Delmira Agustini, Cartas de amor y otra correspondencia íntima. Prólogo de Idea Vilariño, edición, notas y epílogo de Ana Inés Larre Borges, Montevideo, Cal y Canto, 2005, pp. 65-69.La hipótesis de García Gutiérrez sobre la reestructuración de la obra previa de Agustini se cumple si se toma en cuenta, que antes de la publicación de Los cálices vacíos, la uruguaya mantuvo una importante correspondencia con Rubén Darío, a propósito de Cantos de la mañana, cuyos versos le parecieron “muy bellos”. En sus cartas, el poeta nicaragüense le aconsejaba a Agustini “«Ante todo, ninguna perturbación en ti». [...] Vivir, vivir sobre todo. Y tener la obligación de la alegría, del gozo bueno […] más sinceridad, más malgré tout”.

El último apartado del libro corresponde a los “Juicios críticos (Algunos párrafos)”, conjunto de recortes de espístolas y fragmentos de la crítica aparecida en las páginas de la prensa uruguaya. Entre los nombres que destacan se encuentran Carlos Reyles, Francisco Villaespesa, Julio Herrera y Reissig, Manuel Ugarte, María Eugenia Vaz Ferreira, Miguel de Unamuno, Samuel Blixen, entre otros. Por medio de la inclusión de esta especie de aparato paratextual, Agustini acondicionó la recepción letrada de su obra y preparó el terreno para integrarse como figura de la centralidad literaria de su tiempo.

Recepción