Las Cruzadas fueron una serie de guerras religiosas impulsadas por la Iglesia cristiana occidental durante la Plena Edad Media. Dichas campañas militares tenían como objetivo declarado recuperar para la Cristiandad la región de Oriente Próximo conocida como Tierra Santa, la cual se encontraba bajo el dominio del islam desde el . Los participantes de las cruzadas, conocidos como cruzados, tomaban votos religiosos de manera temporal y se les concedía indulgencia por sus pecados.
Las cruzadas del Mediterráneo Oriental, las primeras a las que se les aplicó este nombre, fueron llevadas a cabo por señores feudales y soberanos de Europa Occidental, sobre todo los de la Francia de los Capetos y el Sacro Imperio Romano, pero también de Inglaterra y Sicilia, a pedido del papado y, en principio, del Imperio Romano Oriental (bizantino). Tuvieron lugar durante un período de casi dos siglos, entre 1096 y 1291, llevaron al establecimiento efímero de un Reino cristiano en Jerusalén y la conquista temporal de Constantinopla.
La Primera cruzada fue proclamada por el papa Urbano II en el Concilio de Clermont en noviembre de 1095, un llamamiento a las armas para que los cristianos reconquistaran Jerusalén de manos de los musulmanes. Para entonces, la posición del papado como cabeza de la Iglesia católica se había fortalecido, y conflictos anteriores con gobernantes seculares y guerras en las fronteras de la cristiandad occidental la habían preparado para dirigir fuerzas armadas en causas religiosas. Los éxitos de la Primera cruzada llevaron al establecimiento de cuatro estados cruzados en el Levante (el reino de Jerusalén, el condado de Edesa, el principado de Antioquía y el condado de Trípoli), cuya defensa requirió nuevas expediciones desde la Europa católica. La organización de campañas de tal envergadura exigió complejas instituciones religiosas, sociales y económicas, incluyendo indulgencias cruzadas, órdenes militares y la imposición de impuestos sobre las rentas del clero. Otras guerras con sanción religiosa en España y Europa Oriental, algunas de las cuales culminaron durante el , recibieron la calificación de cruzadas por parte de la Iglesia. Entre estas se encuentra la lucha de los reinos cristianos de la Península Ibérica contra el dominio de los musulmanes, la persecución contra cataristas en el sur de Francia y, en algún caso, contra el Imperio bizantino o los otomanos.
La cruzada de 1101, la primera expedición sancionada por el papado e inspirada en la Primera cruzada, terminó en desastrosas derrotas. Durante varias décadas, solo pequeñas expediciones llegaron a Tierra Santa, pero su papel en la consolidación y expansión de los estados cruzados fue fundamental. La caída de Edesa, capital del primer estado cruzado, impulsó la Segunda cruzada, que fracasó en 1148. Su fracaso redujo el apoyo a las cruzadas en la cristiandad latina, dejando a los estados cruzados incapaces de resistir la expansión de Saladino. Tras unificar Egipto y la Siria musulmana bajo su dominio, Saladino aniquiló sus ejércitos combinados en la Batalla de los Cuernos de Hattin en 1187. Los estados cruzados sobrevivieron en gran medida gracias a la Tercera cruzada, una gran campaña contra Saladino, aunque Jerusalén permaneció bajo control musulmán. Inicialmente dirigida contra Egipto, la Cuarta cruzada fue desviada hacia el Imperio bizantino, culminando en el saqueo de Constantinopla y el establecimiento del Imperio latino en 1204. La Quinta cruzada volvió a tener como objetivo Egipto, pero no logró conquistarlo entre 1219 y 1221. En este período, las indulgencias cruzadas también podían obtenerse a través de otras campañas, como las cruzadas ibéricas, albigense y bálticas, lo que disminuyó el entusiasmo por las expediciones en el Mediterráneo oriental.
Jerusalén fue recuperada mediante negociaciones durante la Sexta cruzada en 1229, y entre 1239 y 1241 la Cruzada de los barones restauró gran parte del territorio que los estados cruzados habían perdido. Sin embargo, el saqueo de Jerusalén por parte de mercenarios musulmanes puso fin al dominio cruzado en la Ciudad Santa. Luis IX de Francia lanzó dos importantes campañas: la Séptima cruzada contra Egipto entre 1248 y 1251 y la Octava cruzada contra Túnez en 1270, ambas con resultados infructuosos. En lugar de una gran expedición militar general (passagium generale), la expedición militar menor (passagium particulare) se convirtió en la forma predominante de las campañas cruzadas a finales del . Sin embargo, los estados cruzados no pudieron resistir el avance de los mamelucos. Tras reunificar Egipto y la Siria musulmana en 1260, estos atacaron los estados cruzados, capturando las últimas fortalezas cruzadas en tierra firme en 1291. Aunque en las décadas siguientes se siguieron elaborando planes para la reconquista de Tierra Santa, solo la cruzada de Alejandría reavivó brevemente la actividad cruzada en la región en 1365.
Sobre el vocablo El origen de la palabra y del porqué se denominó así se atribuye a la cruz de tela usada como insignia en la ropa exterior de los que tomaron parte de esta empresa de reconquista de Tierra Santa.
Escritores medievales utilizan los términos crux (pro cruce transmarina, Estatuto de 1284, citado por Du Cange, s.v. crux), croisement (Joinville), croiserie (Monstrelet), etc. Desde la Edad Media, el significado de la palabra cruzada se extendió para incluir a todas las guerras emprendidas en cumplimiento de un voto y dirigidas contra infieles, p. ej. contra musulmanes, paganos, herejes, o aquellos bajo edicto de excomunión.
Las guerras que desde el mantuvieron los reinos cristianos del norte de la península ibérica contra el musulmán Califato de Córdoba, y que la historiografía conoce como Reconquista, continuaron de forma igualmente discontinua desde el contra los reinos de taifas, los almorávides y los almohades. En algunas ocasiones, el papa les otorgó la calificación de «cruzada», como sucedió con la batalla de Las Navas de Tolosa (1212) o con el episodio final de la Reconquista, la guerra de Granada (1482-1492). En el norte de Europa se organizaron cruzadas contra los prusianos y lituanos. El exterminio de la herejía albigense se debió a una cruzada y, en el , los papas predicaron cruzadas contra Juan Sin Tierra y Federico II Hohenstaufen.
Pero la literatura moderna ha abusado de la palabra aplicándola a todas las guerras de carácter religioso, como, por ejemplo, la expedición de Heraclio contra los persas en el y la conquista de Sajonia por Carlomagno. Nuevamente resonó dicho término durante la primera mitad del , utilizado por las potencias del Eje o de su círculo de influencia: la guerra civil española o la invasión alemana de la URSS, recibieron tal calificativo por parte de la propaganda oficial.
Sin embargo, utilizada con un criterio estricto, la idea de la cruzada corresponde a una concepción política que se dio solo en la cristiandad desde el al . Suponía una unión de todos los pueblos y soberanos bajo la dirección de los papas. Todas las cruzadas se anunciaron mediante la predicación. Después de pronunciar un voto solemne, cada guerrero recibía una cruz de las manos del papa o de su legado, y era desde ese momento considerado como un soldado de la Iglesia. A los cruzados también se les concedían indulgencias y privilegios temporales, tales como la exención de la jurisdicción civil o la inviolabilidad de las personas y propiedades. De todas esas guerras emprendidas en nombre de la cristiandad, las más importantes fueron las cruzadas orientales, que son las tratadas en este artículo.
Sobre los motivos thumb|Caballeros franceses de la quinta cruzada llegan al fuerte de Damieta (actual Egipto) en 1249.
Las cruzadas fueron emprendidas para liberar los «Lugares Santos», es decir, las regiones donde vivió Jesucristo, de la dominación musulmana. Sus orígenes se remontan a 1095, cuando el emperador bizantino Alejo I solicitó protección para los cristianos de oriente al papa Urbano II, quien en el concilio de Clermont inició la predicación de la cruzada. Al terminar su alocución con la frase del Evangelio «renuncia a ti mismo, toma tu cruz, y sígueme» (Mateo 16:24), la multitud, entusiasmada, manifestó ruidosamente su aprobación con el grito Deus lo vult, o Dios lo quiere.Mayer, Historia de las Cruzadas, p. 20, emplea la expresión Deus lo vult.
Posiblemente, las motivaciones de quienes participaban en ellas fueron muy diversas, aunque en muchos casos se puede suponer un verdadero fervor religioso. Se arguye, por ejemplo, que fueron motivadas por los intereses expansionistas de la nobleza feudal, el control del comercio con Asia y el afán hegemónico del papado sobre las monarquías y las iglesias de Oriente, aunque se declararan con principio y objeto de recuperar Tierra Santa para los peregrinos, de los cuales los turcos selyúcidas y zanguíes, una vez conquistada Jerusalén en 1076, abusaban sin piedad, a diferencia de la época de los Califas fatimíes (909-1171) cuya regla fue la libertad de pensamiento y la razón extendida a las personas, que podían creer en lo que quisieran, siempre que no infrinjan los derechos de otros.
Antecedentes derecha|300px|miniatura|Europa y el Mediterráneo en la época de la primera cruzada. derecha|300px|miniatura|La dinastía selyúcida en su período de mayor extensión. Se comprenden las razones que tuvieron los dirigentes de Europa y del Oriente Próximo para emprender las cruzadas si se analiza lo ocurrido precedentemente.
Lugares relacionados con el ministerio de Jesús se convirtieron en populares destinos de peregrinación en la Palestina romana. Emperadores cristianos construyeron iglesias en estos lugares, incluyendo la Iglesia del Santo Sepulcro, que conmemora la crucifixión y resurrección de Jesús en Jerusalén. En el 395, el Imperio romano se dividió en dos mitades: oriental y occidental. El Imperio romano de Occidente se fragmentó en reinos más pequeños hacia el año 476,Rouche, Michael (1989). "Autopsy of the West: The Early Fifth Century". En Fossier, Robert (ed.). 350–950. The Cambridge Illustrated History of the Middle Ages. Vol. I. Cambridge University Press. pp. 17–51. . mientras que el Imperio romano de Oriente (o Imperio bizantino) persistió, si bien perdió vastos territorios ante el creciente Califato islámico en el . Jerusalén cayó en manos del califa Umar en 638. La expansión islámica, motivada por la yihad (guerra santa), llegó a Europa Occidental con la conquista musulmana de gran parte de la Península Ibérica después del año 711. Los cristianos bajo dominio musulmán eran considerados dhimmi: legalmente protegidos, pero socialmente subordinados. A la vez, la unidad ideológica del islam se fracturó debido a disputas sobre el liderazgo. Los chiitas creían que la autoridad pertenecía a los descendientes del primo y yerno de Mahoma (los llamados «alides» o «alíes»), Alí, mientras que la mayoría sunita rechazaba la pretensión hereditaria de los alíes. Para mediados del , habían surgido tres califatos rivales: los omeyas sunitas en al-Ándalus (España musulmana), los fatimíes chiitas en Egipto y los abasíes sunitas en Oriente Medio.