Épila es un municipio y localidad española de la provincia de Zaragoza, en la comunidad autónoma de Aragón. El término municipal, ubicado en la comarca de Valdejalón, tiene una población de .

Geografía Forma parte de la comarca de Valdejalón, situándose a 40 km de la capital provincial. El término municipal está atravesado por la Autovía del Noreste, entre los pK 285 y 292, y por la carretera autonómica A-122, que la comunican con La Almunia de Doña Godina y Alagón. Forma parte del partido judicial de La Almunia de Doña Godina.

El relieve está determinado por el valle del río Jalón, que atraviesa el territorio de sur a norte formando los llamados Llanos de Plasencia, que no es más que la vega del río en su curso bajo antes de su desembocadura en el río Ebro. Al oeste se alzan la sierras de Nava Alta y de Monegre, que suponen las primeras elevaciones del Sistema Ibérico zaragozano y que alcanzan altitudes superiores a los 950 m, formando parte del límite occidental natural de la comarca con las de Campo de Borja, Aranda y Calatayud. El núcleo urbano se alza a 336 m sobre el nivel del mar, a orillas del río.

Noroeste: TabuencaNorte: Rueda de Jalón y LumpiaqueNoreste: Rueda de JalónOeste: Mesones de Isuela, Nigüella75x75pxEste: La MuelaSuroeste: RiclaSur: Salillas de Jalón, Lucena de Jalón, Calatorao y AlfaménSureste: Zaragoza (exclave) y Muel

En la localidad existe un tipo de clima semiárido (según la clasificación climática de Köppen, de tipo BSk) que caracteriza al valle del Ebro, alcanzando unos totales de precipitaciones anuales de 333 mm y una temperatura media de 14,6 °C.

Historia Según las excavaciones arqueológicas, el primer asentamiento humano se localizó en el Cabezo de Ballesteros, dentro del casco urbano actual y los yacimientos datan de los siglos - antes de Cristo. Según los historiadores, Épila era una población celtíbera llamada en esa época Bis polis, en el año 748 a. C. Para luego convertirse en tiempos de los romanos en Segontia, Segontia como otras ciudades peninsulares con el mismo nombre, aludiendo a ser la segunda ciudad Itinerario Antonino A-25, de Caesaraugusta (Zaragoza) a Augusta Emerita (Mérida), o posiblemente Hispalis. De esta época data el puente viejo sobre el Jalón. Una de las hipótesis es que era la antigua Segontia, ciudad celtíbera situada en los alrededores de Calatorao, que consta en el itinerario de Antonino, escritor romano que describió los pueblos y las calzadas romanas de Hispania. Ricla y Calatorao, pueblos vecinos de Épila, figuran también en el itinerario.

Algunos mantienen que los celtíberos fundaron Segontia en el año 748 a. C. Según Pascual Madoz, político y erudito del , el nombre de Segontia, interpretado en latín como “Secunda” o “segunda”, habría sido traducido al griego como “Byspolis”, o “segunda ciudad”. Este último parece que es el nombre que Plinio el Viejo daba a la población, aunque ya en su forma derivada de “Ispalis”, que pudo ser el origen de “Épila” (Es posible que “Segontia” venga de la raíz indoeuropea “Sieg”, significando victoria).

Segontia se alió con los celtíberos numancios en su lucha contra Roma y fue destruida después de la victoria romana.

Origen de pertenencia al Condado de Aranda Tras la conquista de los godos que se apoderaron de Épila hacia el 473 d. C., se produjo la de los musulmanes y Épila fue ocupada hacia el año 714 sin dificultad. Más tarde los musulmanes construyeron el castillo ().

El rey Alfonso I de Aragón, "el Batallador", reconquistó Épila en 1119, manteniendo a la población musulmana, a los que se dio un año para que abandonasen el interior del recinto amurallado y se constituyesen en comunidades en barrios extramuros y salvo la vivienda conservaron todo su patrimonio, heredades, religión y derechos. En 1294 Jaime II de Aragón vendió Épila y su castillo al noble Artal de Alagón.

Después de la reconquista de Épila, la villa fue entregada a López Garcés Pelegrín. El 21 de julio de 1348 tuvo lugar una batalla entre los partidarios de la unión aragonesa y el rey Pedro IV de Aragón, ganando este. En 1366 Pedro IV cedió Épila y Rueda (Vizcondado de Rueda) a Francés de Perellós que le había ayudado a vencer a Pedro I de Castilla. En 1389 y 1391 Ramón de Perellós consiguió del rey Juan I los privilegios de pontazgo y de mercado. De modo que Épila después de realengo (propiedad real) hasta 1376, se convirtió al cederla con su castillo y el de Rueda a Francés de Perellós, vizconde de Rueda, en parte de este condado.

miniatura|Tumba del conde de Aranda.

En 1393 los Perellós la vendieron a Lope Ximénez de Urrea y a partir de este momento se inició la construcción del palacio cuyos muros de la pared oeste formaron parte de la muralla. Pero al tomar posesión de la ciudad, ambos juraron defender sus privilegios y proteger a sus vecinos como si estuviesen bajo la jurisdicción real. Otro Lope Ximénez de Urrea es nombrado conde de Aranda en 1483. Durante siglos la localidad perteneció a la familia de los condes de Aranda.

En 1570 Juan Jiménez de Urrea y Juan Enríquez fundaron en Épila el tercer convento agustino de Aragón, llamado de San Sebastián, que estaba al suroeste de la villa cerca de la ermita de San Lázaro, en un barrio llamado todavía barrio de los Agustinos. Los frailes tomaron posesión del convento en 1573. También fundaron, en un anejo del convento, una escuela para niños pobres, donde se enseñaba la gramática latina. Se mantenía con sus propias rentas procedentes de la cesión por los Condes de Aranda de una propiedad a la que llamaron “La Viña del Señor”, que hoy es la finca de La Viñaza, de los condes del mismo nombre.

Después de la Guerra de Sucesión Felipe V concedió a Épila un escudo de armas con el privilegio de denominarse “villa” y el tratamiento de “fidelísima”. Por su conducta de fidelidad al rey en tan delicada situación monárquica.

A mediados del la villa tenía contabilizada una población de 2424 habitantes. Aparece descrita en el séptimo volumen del Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar de Pascual Madoz de la siguiente manera:

Sucesos acaecidos en Épila con importancia para el Reino

Nacimiento de un rey y muerte de una dinastía En Épila nació en 1358 el rey Juan I de Castilla. Hijo del conde de Trastámara, don Enrique (futuro rey Enrique II de Castilla) y de doña Juana Manuel. Como agradecimiento al pueblo y su lealtad a la corona, le dotó del rango de Excelentísima y Fidelísima Villa de Épila.

Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, murió el 9 de enero de 1798, en el palacio de esta localidad donde residió los últimos años de su vida y dejó sin descendencia la saga familiar, que sin heredero masculino pasó a formar parte por matrimonio de su sobrina de la casa de Híjar, desapareciendo como tal el título de conde de Aranda, al englobarse dentro del nuevo título.

Repercusión de las Alteraciones de Aragón En 1591 durante las llamadas Alteraciones de Aragón, el justicia de Aragón Juan de Lanuza, (El Mozo) se refugió en Épila, donde vivía su madre, bajo el amparo del conde de Aranda y el duque de Villahermosa. Basándose en los fueros aragoneses, había protegido al antiguo secretario de estado Antonio Pérez de la persecución del rey Felipe II de España, quien acusaba a Antonio Pérez del asesinato de Juan Escobedo, secretario de la Real Hacienda y secretario de su hermanastro encargado de la defensa de Flandes, don Juan de Austria. Ante la lentitud de la justicia Aragonesa y las trabas judiciales, el rey dispuso la formación de un ejército con la excusa de una incursión a Francia. Pero que antes pondría paz en su territorio, pues estaba de camino a la empresa. El día 1 de noviembre el Justicia, Juan de Lanuza V, y los diputados convocaron a las universidades, pueblos y ciudades de Aragón para que el día 5 enviaran a Zaragoza contingentes militares dispuestos para la guerra. Se intentó aunar en la causa a valencianos y catalanes, pero mientras los primeros se excusaron, los catalanes solo se comprometieron en hacer de mediadores ante el rey. También se pronunciaron en contra de ayudar a los resistentes aragoneses, las ciudades de Tortosa y Lérida. Del mismo modo, se escribió a Felipe II para informarle del caso pidiéndole que mandase detener el ejército por las graves consecuencias que esto tendría para el Reino quien, según el lugarteniente general, podría llegar a reunir 24 000 hombres para repeler la invasión.

Pero la angustiosa solicitud no encontró mejor respuesta entre las poblaciones regnícolas. Tan solo Jaca, Daroca, Caspe, Teruel, Bielsa, Puértolas y el Valle de Gistain, prometieron enviar la ayuda requerida, el resto negaron su apoyo al Justicia a concurrir a la resistencia y en tales términos lo comunicaron a Felipe. Tampoco los grandes nobles acudieron a la llamada del Justicia.

El ejército de Alonso de Vargas, general del ejército de su Majestad cruzaba la raya aragonesa el 8 de noviembre y, sin resistencia alguna, el 12 entraba en Zaragoza. Atrás quedaban la huida de Antonio Pérez hacia Francia y la del conde de Aranda y el duque de Villahermosa hacia Épila, villa a la que se unirían después el Justicia y don Juan de Luna, en vista de la escasa confianza depositada en las fuerzas forales. La defección de los mandos regnícolas dio con la desbandada de las tropas en Utebo. Ocupada Zaragoza y en contra de la opinión de Vargas, el rey desató una represión con el objeto de castigar de forma ejemplar a los amotinados. Los mismos diputados de Cataluña pidieron clemencia al rey a la hora de la represión solicitando "...intercedir per los qui contra son real servey". De poco sirvieron las súplicas puesto que el 18 de diciembre llegaron, secretamente, los despachos del rey a Vargas: debía prender y ejecutar al Justicia y enviar presos a Castilla al duque de Villahermosa y al conde de Aranda. La sentencia se ejecutó dos días después y el 21 de diciembre.

Nunca quedó claro si el asesinato se había cometido a instancias del propio Felipe II o si realmente Antonio Pérez estaba implicado en el asesinato. Pérez, el “monstruo de la fortuna”, logró escapar a Francia, donde murió en París. Por el contrario, Juan de Lanuza acabó siendo decapitado en la plaza del Mercado de Zaragoza.

Huelga y asesinato de obreros de la Azucarera en 1931 Este periodo de la historia española convulso y tenso, preámbulo de la guerra civil, campo de experimento de la Segunda Guerra Mundial, tuvo una desgraciada huella en la localidad y como tal ha pasado a la historia general española. Tiempos difíciles y convulsos estos del 31. Se habían perdido las colonias, luchando en cruenta guerra africana para el ego militar, un golpe de Estado, una huida del rey y una república mal gestionada dentro del tumulto de rencores y envidias que se estaban enfrentando con matones mercenarios a sueldo del mejor postor, y el pueblo cada vez más empobrecido y brutalizado. En esta escalada de violencia con tan triste final, uno de los sucesos que más marcó a esa sociedad y más enalteció a todas las partes fueron los Sucesos de Castilblanco. Donde una turba de jornaleros apalearon, torturaron y mutilaron a unos guardias civiles que quisieron disolver la concentración. Fue tal la conmoción que en la sociedad causó, que se llegó a igualar el asesinato con los cometidos contra la tropa en la cruenta guerra africana. El fatal desenlace de los pobres guardias, con el desenlace de la sentencia del juicio, en el que se exoneraba a los asesinos con la excusa de la opresión de los caciques a los jornaleros, que hizo estallar contra los guardias que iban a terminar con la protesta. Causó en el cuerpo una sed de venganza que se cobro en otras manifestaciones de este tipo.