Se conoce como guerra numantina (de Bellum Numantinum en la Historia romana de Apiano) al último conflicto que tuvo lugar en Hispania entre la República romana y las tribus celtíberas que habitaban las inmediaciones del Ebro. Fue, a su vez, el epílogo de las guerras celtíberas. Esta contienda se resolvió tras veinte años de guerras intermitentes entre las tribus celtíberas de Hispania Citerior y el gobierno romano. La primera fase de la guerra se inició en el 154 a. C. debido a una revuelta de las tribus celtíberas del Duero. Esta primera fase finalizó en el 151 a. C., pero, en el 143 a. C. surgió de nuevo una insurrección en la ciudad de Numancia, que fue asediada y tomada por el cónsul Escipión Emiliano en una fecha indeterminada, pero dentro de los primeros meses del 133 a. C.
La primera guerra se libró de manera simultánea con la guerra lusitana en Hispania Ulterior. Los lusitanos fueron sometidos por Sulpicio Galba, quien traicionó su rendición y ejecutó a sus líderes, mientras que los arévacos de Hispania Citerior continuaron la guerra y se aliaron con el líder lusitano Viriato.
Después de que la guerra abierta recomenzó en 143 a. C., Roma envió una serie de generales a la Península ibérica para lidiar con los numantinos. En ese año, Quinto Cecilio Metelo Macedónico intentó infructuosamente asediar y capturar Numancia, si bien logró subyugar a todas las otrás tribus arévacas. Su sucesor, Quinto Pompeyo, fue inepto y sufrió derrotas severas, por lo que negoció en secreto un acuerdo de paz con la ciudad respetando el tratado previo. Sin embargo, en 138 a. C. llegó un nuevo general, Marco Popilio Lenas, y cuando los enviados numantinos llegaron a poner fin a sus obligaciones en el tratado de paz, Popilio renegó de negociar tal acuerdo. En 137 a. C. Popilio fue reemplazado por Cayo Hostilio Mancino, quien asaltó la ciudad y fue repelido varias veces antes de ser desviado y rodeado, y por tanto obligado a aceptar un tratado, que fue negociado por un joven Tiberio Sempronio Graco. El senado romano tampoco ratificó este tratado y se limitó a enviar a Mancino a los numantinos como prisionero. Sus sucesores Lucio Furio Filo y Cayo Calpurnio Pisón evitaron el conflicto con los numantinos.
En el año 134 a. C., el cónsul Escipión Emiliano fue enviado a la Hispania Citerior para poner fin a la guerra. Reclutó a 20 000 hombres y 40 000 aliados, entre los que se contaban la caballería númida y 12 elefantes de guerra al mando de Yugurta. Escipión construyó un anillo de siete fortalezas alrededor de la propia Numancia antes de iniciar el asedio propiamente dicho. Tras sufrir pestilencia y hambruna, la mayoría de los numantinos supervivientes se suicidaron antes que rendirse a Roma. La decisiva victoria romana sobre Numancia marcó el comienzo de una era de paz duradera en Hispania hasta la guerra de Sertorio, más de medio siglo después.
Esta guerra también lanzó las carreras de varias figuras importantes. Tiberio Graco estuvo presente como cuestor durante el fallido asedio de Mancino. Debido a la reputación que el padre de Graco tenía entre los numantinos, Tiberio fue elegido para negociar el tratado. Cayo Mario también luchó en esta guerra, al igual que Yugurta, quien a la postre se convertiría en enemigo de los romanos.
Antecedentes
Los romanos se apoderaron de los territorios de los cartagineses en el sur de Hispania tras derrotarlos en la batalla de Ilipa en el año 206 a. C., durante la segunda guerra púnica (218-201 a. C.). Tras la guerra, establecieron dos provincias romanas: Hispania Citerior (la Hispania más cercana) a lo largo de la mayor parte de la costa oriental —un área que se corresponde aproximadamente con las actuales comunidades autónomas de Aragón, Cataluña y Valencia—, e Hispania Ulterior (la Hispania más lejana) en el sur, que se corresponde aproximadamente con las actuales Andalucía y Murcia. Sin embargo, el sometimiento de los pueblos de la península tuvo sus excepciones. Pueblos como los arévacos, vacceos, tittos, bellos o lusitanos opusieron una heroica resistencia en una fase intermedia de la conquista. Se produjeron numerosas rebeliones por parte de muchas tribus de Hispania —incluyendo tanto a aquellas situadas dentro del territorio romano como a las de fuera— durante la mayoría de los años de un periodo de 98 años, hasta el fin de la primera guerra celtíbera en el 179 a. C.
Los celtíberos —o las coaliciones hispanas formadas en parte por celtíberos— pronto entraron en conflicto con la nueva potencia imperial. En el año 197 a. C., 20 000 celtíberos atacaron a un ejército romano cerca de Iliturgis y, en el 195 a. C., 10 000 celtíberos se unieron a los turdetanos contra Roma. Se envió un ejército consular, bajo el mando de Catón el Viejo, a la Celtiberia y, a pesar de no lograr tomar Saguntia, logró que los celtíberos cesaran las hostilidades en el 195 a. C. Poco después del regreso de Catón a Roma —en el 193 a. C.—, una coalición de celtíberos, vacceos y vetones fue derrotada por Marco Fulvio Nobilior cerca de Toletum. En esa misma zona, en el año 185 a. C., una nueva coalición hispana (probablemente compuesta por celtíberos, vetones y carpetanos) derrotó a dos ejércitos pretorianos, aunque posteriormente fue vencida en otro enfrentamiento cerca del río Tajo.
En el año 182 a. C., Quinto Fulvio Flaco intensificó la presión actuando más cerca de la Celtiberia. Flaco conquistó la ciudad de Urbicua. En respuesta, los celtíberos reunieron un ejército de 35 000 hombres. La victoria romana en esta guerra y los tratados de paz establecidos por el pretor romano Graco con varias tribus propiciaron veinticuatro años de relativa paz.
Segunda guerra celtíbera (154 a.C. - 151 a.C.) Los habitantes de Segeda, capital de los Belos, cuyo nombre en celtíbero era Sekaiza, no cumplían con el envío de soldados para servir en el ejército romano y se negaba a pagar impuestos al tiempo que iniciaban la construcción de una nueva muralla de 8 km. El Senado mandó al cónsul Quinto Fulvio Nobilior con un numeroso ejército de 30 000 soldados; el hecho de que se empleara un contingente tan grande hace pensar que se buscaba un objetivo más importante que el de castigar a la pequeña ciudad. La llegada de este gran ejército obligó a los segedenses a abandonar sus casas y sus pertenencias y a refugiarse en territorio de los arévacos de Numancia. La coalición de arévacos y segedenses, con el caudillo Caro de Segeda como jefe, se enfrentaron a las tropas romanas en inferioridad numérica, derrotándolas y ocasionando más de 6 000 bajas entre los romanos, pero también la muerte del mismo Caro. En aquel entonces, Numancia contaba con una sólida muralla de protección y con un ejército de unos 20 000 soldados a pie y 5 000 jinetes, cifra que fue descendiendo a medida que las guerras celtíberas avanzaban (8 000 en el 143 a. C. y 4 000 en el 137 a. C.), debido a que Roma fue controlando más territorios y, por tanto, existían menos posibilidades de reclutar defensores en las regiones contiguas.
Tras su derrota, Fulvio Nobilior empezó entonces el asedio a la ciudad, para lo que levantó un campamento. Al poco el rey númida Masinisa, aliado de Roma, le envió refuerzos, entre los que destacaban 10 elefantes, lo que hizo que Nobilior iniciara el ataque a la ciudad. Parecía que los elefantes iban a ser una fuerza determinante, ya que los numantinos no los habían visto antes y mostraban pánico, pero la caída de una enorme piedra hirió a uno de los elefantes, que enloqueció y cargó contra los atacantes romanos. El desorden que se generó fue tal que los celtíberos aprovecharon la ocasión para atacar a los sitiadores y matar a unos 4 000 romanos.
Fulvio Nobilior no quiso intentar nada más e invernó en su campamento con escasez de víveres y recibiendo continuos asaltos de los numantinos.
Al año siguiente 152 a. C., fue nombrado cónsul Claudio Marcelo, con el que los celtíberos lograron un acuerdo de pacificación que incluía el pago de un impuesto de guerra, acuerdo que no fue aceptado por el Senado romano. Tras esta negativa, los numantinos –viendo el talante conciliador del cónsul romano– llegaron a un acuerdo de paz a cambio de una gran cantidad de dinero, que se mantuvo en la Celtiberia hasta el 143 a. C.
Guerras lusitanas Estos conflictos en la Celtiberia fueron contemporáneos con las guerras lusitanas que estallaron en la Hispania Ulterior. Los lusitanos fueron sometidos por el cónsul romano Servio Sulpicio Galba, quien ordenó el asesinato de los lusitanos tras haberles hecho creer promesas de tierras fértiles para su cuidado y de negociar la paz. Cerca de 30 000 lusitanos solicitaron el cumplimiento de dichas promesas, repartiéndoles en tres campamentos donde entregaron sus armas en señal de amistad, siendo asesinados más tarde. De aquella masacre, con más de 9 000 muertos y 20 000 lusitanos hechos esclavos, solo sobrevivieron unos pocos, entre ellos Viriato, quien más tarde acaudillaría la rebelión contra los romanos en venganza.
La guerra numantina (143 a.C. - 133 a.C.) Las campañas fallidas de Roma miniaturadeimagen|280x280px|Fases de la invasión romana de Hispania, con la campaña de invasión de Numancia.
En el 143 a. C., tras varias victorias del lusitano Viriato sobre los romanos y el considerable aumento de la tensión entre romanos y celtíberos, éstos se levantaron de nuevo en armas. La rebelión se consideró muy grave en Roma, por lo que se decidió enviar un fuerte ejército de más de 30 000 soldados al mando del cónsul Cecilio Metelo, quien venía de comandar a las tropas romanas en Macedonia. Además se solicitaron las fuerzas de un honorable soldado de la guardia pretoriana que había demostrado sus dotes luchando contra las aldeas celtas, que llevó consigo 1 500 pretorianos veteranos los cuales hicieron historia en batallas como la de Numancia. Metelo estuvo en Hispania dos años, fracasando en los intentos de tomar las ciudades de Numancia y Termancia. Mostró un talante moderado, lo que llevó a los numantinos a negociar una paz que, a cambio de rehenes, ropa, caballos y armas, les convertiría en amigos y aliados de Roma. Sin embargo, el día en que debía ratificarse el acuerdo se negaron a entregar las armas. La ruptura del pacto enfadó enormemente a Roma, que consideró que la osadía de este pequeño reducto en los límites occidentales de la República no podía ni debía ser tolerada porque ponía en entredicho el prestigio militar romano.
El sucesor y rival político de Quinto Cecilio Metelo Macedónico, Quinto Pompeyo era un inepto según relatan sus contemporáneos. Llegó a Celtiberia con cerca de 30 000 infantes y 2 000 jinetes dispuestos a derrotar a los numantinos. Consiguió pequeñas victorias iniciales, venciendo al ejército de Tangino, e incluso llegó a rodear la ciudad, pero la llegada del crudo invierno de la meseta, la falta de recursos y provisiones y las victorias progresivas de los numantinos hicieron que acabara negociando en secreto un tratado de paz que aseguraba la permanencia de la ciudad y el repliegue de las tropas romanas.
En el año 139 a. C. fue puesto al frente de las tropas el general Marco Popilio Lenas. Cuando los numantinos quisieron hacer prevalecer el tratado que había firmado Quinto Pompeyo, Lenas dijo que no reconocía ningún tratado que no hubiera sido firmado por el Senado romano.