La plaza de la Marina es una céntrica plaza de la ciudad de Málaga, España. Se encuentra situado en el Ensanche Heredia, en la zona conocida como El Soho, dentro del distrito Centro. Constituye uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, ya que aquí se cruzan dos importantes ejes: la Alameda Principal y el paseo del Parque con el Muelle Heredia y el paseo de los Curas y con algunas de las calles más concurridas del centro histórico, como la calle Molina Lario, y con el acceso principal al Puerto de Málaga.
El lugar donde se encuentra la plaza fue conocida como la Acera de la Marina. El espacio actual surge en torno al , cuando comenzaron a derribarse las murallas nazaríes y se ganaron nuevos terrenos al mar, con el proyecto del ensanche. Desde entonces ha sufrido varias remodelaciones, tras las que han aparecido restos arqueológicos como el muro portuario. La última de ellas fue en 1984.
En la plaza de la Marina se ubica actualmente la escultura de El Cenachero, tras varios traslados. También se ubica en la plaza la oficina de turismo de la ciudad, un parking subterráneo y un parque de skate. Muchas de las manifestaciones o eventos culturales municipales se llevan a cabo en este espacio. Durante la temporada navideña se coloca un árbol de luces, justo encima de la fuente. Desde 2019 también forma parte del Recorrido Oficial de la Semana Santa de Málaga.
Etimología La plaza se denomina "de la Marina" por su proximidad al mar, pues al igual que el Parque, ambos se construyeron en terrenos ganados al mar durante el . A lo largo de su historia también ha tenido otros nombres como plaza de Suárez de Figueroa y del General Quiepo de Llano, durante los primeros años del franquismo. La zona norte de la plaza, donde se encuentra el palacio provincial, se denominó históricamente Acera de la Marina, nombre que aún se usa para referirse a esa parte de la plaza.
Historia
Antecedentes El lugar donde se encuentra en la actualidad la plaza de la Marina coincidía casi exactamente con un tramo de la antigua muralla árabe, la cual iba desde la Puerta de Espartería hasta la de los Siete Arcos. La primera de estas puertas se hallaba en lo que hoy es el acceso a las calles San Juan de Dios y Sancha de Lara, mientras que la segunda se situaba al inicio de la calle Ancla (justo en el centro de la actual plaza de la Marina). En ese punto se levantaba el célebre Castil de Ginoveses, una construcción que funcionaba como fortaleza, centro comercial y barrio exclusivo de los mercaderes de la república italiana de Génova. Es probable que lo establecieran durante el dominio árabe, y tras la toma de Málaga continuaron allí sus actividades comerciales bajo ciertos privilegios, pasando entonces la fortificación a estar bajo la autoridad del alcaide de la Alcazaba. izquierda|miniaturadeimagen|222x222px|Vista de la acera de la Marina en el siglo XVIII Durante siglos, este espacio funcionó como una explanada que permitió a la ciudad extenderse hacia el mar, convirtiéndose en un pequeño apéndice urbano más allá de las murallas, gracias a la presencia del recinto fortificado del Castil. Este lugar fue descrito con brillantez por el cronista Hernando del Pulgar cuando los Reyes Católicos sitiaron la Málaga musulmana en mayo de 1487, hasta su capitulación en agosto del mismo año. Lo que hoy conocemos como plaza de la Marina, en aquel entonces ocupada por un conjunto de edificaciones irregulares y desordenadamente dispuestas, tuvo principalmente una función portuaria. De hecho, fue un elemento clave para el funcionamiento del puerto: al no estar cercada y encontrarse el principal embarcadero en pleno corazón urbano, las tareas de carga y descarga de los productos típicos de la región —como vinos, pasas, almendras, cítricos, salazones, cordelería, encurtidos y otras manufacturas tanto artesanales como industriales— se llevaban a cabo prácticamente en este espacio.
La frontera natural entre el mar y la ciudad, una vez pasada la antigua muralla, era el propio rebalaje, ya que en ese punto la playa que se extendía frente a la Puerta del Mar se estrechaba, permitiendo así un uso portuario continuo. La Acera de la Marina, tal como aparece en antiguos grabados que van del a principios del , comenzó a tomar forma de manera espontánea, sin planificación estética ni arquitectónica previa, a partir del año 1725. Fue entonces cuando se documenta un creciente deterioro de la muralla, lo que provocó el derrumbe paulatino de algunos de sus tramos. Sobre este proceso, Francisco Bejarano Robles añade un nuevo apunte: «Arruinada la muralla y terminada de derrocar en sus trozos más resistentes, a comienzos de la centuria siguiente (siglo XIX) se iniciaron las construcciones particulares aprovechando los cimientos y materiales de los antiguos muros, y bien pronto quedó constituida esta vía que, por su especial anchura, con casas solamente a un lado y por su proximidad a la playa y puerto, fue bautizada con el nombre de Acera de la Marina. Esta calle es, por tanto, coetánea de la Alameda, de la época del sombrero de copa, la levita entallada y el ampuloso miriñaque; y, en principio, tuvo su empaque señorial y opulento».
miniaturadeimagen|325x325px|La plaza de la Marina y el puerto de Málaga en 1888 La Acera de la Marina nació a raíz del desarrollo urbano impulsado por la creación de la Alameda Principal, especialmente tras la iniciativa del mariscal Teodoro Reding en 1806 de derribar las antiguas murallas nazaríes. Los terrenos liberados fueron repartidos entre las élites comerciales e industriales de Málaga, quienes edificaron allí elegantes residencias, algunas aún conservadas. Tanto la Acera como la plaza de la Marina se distinguieron por su estrecha relación con el puerto, lo que les confirió una identidad única dentro del tejido urbano. Su trazado, arquitectura y vida cotidiana reflejaban un dinamismo propio del entorno marítimo. Este carácter queda documentado en una rica iconografía urbana —grabados del y fotografías del — que permite reconstruir con detalle la vitalidad del paisaje portuario de la época. Durante el resto del , la plaza de la Marina se consolidó como un hervidero de actividad comercial y marítima, siendo uno de los espacios más dinámicos de la ciudad. En sus alrededores se improvisaban tinglados y estructuras provisionales para almacenar y organizar las mercancías que llegaban o salían del puerto. Se apilaban bocoyes y pipas de vino, producto estrella de la economía local, junto a cajas de pasas listas para ser embarcadas rumbo al extranjero, y envases de licorería destinados a surtir las bodegas de barcos mercantes.
La zona portuaria, especialmente en el lado occidental donde hoy comienza el Muelle Heredia, se hallaba completamente abierta al mar: el muelle se adentraba en la ciudad formando una pequeña rada que permitía el fondeo de embarcaciones de escaso calado prácticamente en el corazón urbano. Este entorno portuario era también un cruce de caminos humanos. Por sus calles y muelles se movía una población tan variada como cosmopolita: marineros de diferentes nacionalidades, agentes y propietarios de casas comerciales extranjeras —muchos de ellos con oficinas en la misma plaza—, y representantes consulares que mediaban en los intercambios y negociaciones, especialmente en temas de aranceles y fijación de precios. A este tejido humano se sumaban los trabajadores de la colla portuaria —arrumbadores, estibadores y braceros— cuya fuerza física mantenía en marcha el flujo de mercancías. El transporte se realizaba mediante carros y bateas, esenciales para trasladar las cargas desde los almacenes hasta los barcos. Este continuo trasiego convertía la plaza en un escenario vibrante, donde el bullicio del comercio se entremezclaba con el olor del mar y los ecos de una ciudad que crecía al ritmo de su puerto. Como resultado de las obras emprendidas para la construcción de la calle Marqués de Larios y la consecuente reorganización del entorno de la plaza de la Constitución, se ordenó el desmontaje de la fuente de las Tres Gracias, obra del escultor francés Durenne, realizada en su fundición de Sommevoire. La fuente fue reubicada en el espacio que, a partir de la creación del Parque en 1896, había quedado libre frente al puerto.
Durante las obras para construir la calle Marqués de Larios y reorganizar la plaza de la Constitución, se trasladó la fuente de las Tres Gracias —obra del escultor francés Durenne— a la que sería la futura plaza de la Marina. Esta nueva ubicación marcó un cambio clave en el uso del espacio, que dejó de estar vinculado a actividades portuarias para convertirse en un lugar representativo y de esparcimiento, embellecido por jardines y rodeada por una verja clásica. La fuente fue colocada a un nivel elevado, de modo que su albercón quedara lo suficientemente alto como para ser admirado desde cualquier punto de la plaza. A comienzos del , la plaza contaba con referencias urbanas claras: al oeste el obelisco a Larios, al este los jardines del Parque, al sur el puerto, y al norte edificios donde se ubicaban establecimientos tradicionales como el Café de la Marina. La creación del Parque en 1896, con el relleno de terrenos ganados al mar, fomentó el dinamismo de la zona. En este contexto, los tranvías tirados por mulas conectaron puntos clave de la ciudad, reforzando la importancia de la plaza como nodo urbano y social. Estos tranvías contaban con una parada en el lado sur de la plaza, y representaron un medio de transporte innovador que operó desde el último decenio del hasta los primeros años del .izquierda|miniaturadeimagen|Vista de la plaza de la Marina c. 1926.La plaza también tuvo un papel destacado durante las guerras en Marruecos, en particular durante el desembarco de Alhucemas en 1925. Allí se vivieron tanto despedidas como bienvenidas a los soldados, marcadas por la emoción y la protesta. Un episodio significativo fue la rebelión del cabo Barroso, cuya negativa a embarcar se extendió por España, avivando el sentimiento antibelicista y la presión social para poner fin al conflicto. Posteriormente, la plaza fue renombrada en honor al político malagueño Augusto Suárez de Figueroa y se ordenó su rediseño. Se trasladó la fuente nuevamente y se impulsó la construcción de un monumento a los Héroes de Igueriben, especialmente dedicado al comandante Julio Benítez. La iniciativa, apoyada por el alcalde y gobernador militar Enrique Cano Ortega, culminó en su inauguración durante una visita oficial de Alfonso XIII, Victoria Eugenia y Primo de Rivera en 1926, en un acto cargado de simbolismo patriótico.
La creación de este monumento consolidó la transformación urbanística del espacio. La Acera de la Marina comenzó a definirse como calle, mientras que la plaza se convirtió en una explanada abierta hacia el puerto. En aquellos años, el paseo de los Curas se había convertido en un lugar popular, conocido por los malagueños de la época y confundido frecuentemente con el paseo de Cintura del Puerto. Sin embargo, es importante señalar que no se trataba de la carretera que discurría paralela al muelle hasta el paseo de la Farola, sino del andén peatonal situado más al sur del Parque. Su nombre se originó por la costumbre de los canónigos catedralicios, quienes, con sus libros de oraciones, recorrían el paseo bajo la sombra de las palmeras, o se sentaban en bancos y canapés a leer, meditar o disfrutar de una tranquila siesta al sonido de los pregones urbanos. Así, la zona transitó de un enclave funcional ligado al comercio marítimo a un lugar simbólico y monumental de la ciudad de Málaga.
Configuración actual miniaturadeimagen|256x256px|La estatua del Cenachero en la plaza de la Marina en los años 60.