miniaturadeimagen|400x400px|Mapa de la Grecia helenística en el año 200 a. C., con el Reino de Macedonia (en naranja) bajo el dominio de FilipoV ( r. 221–179 a. C.), estados dependientes macedonios (amarillo oscuro), el Imperio seléucida (amarillo brillante), protectorados romanos (verde oscuro), el Reino de Pérgamo (verde claro), estados independientes (púrpura claro) y posesiones del Imperio ptolemaico (púrpura violeta) La Grecia helenística se refiere al período histórico de la Antigua Grecia durante el Período helenístico, es decir, el posterior a la Grecia clásica y comprendido entre la muerte de Alejandro Magno en el 323 a. C. y la anexión de los territorios centrales de la Liga Aquea a manos de la República Romana. Este período culminó en la batalla de Corinto en el 146 a. C., una aplastante victoria romana en el Peloponeso que llevó a la destrucción de Corinto y marcó el inicio del período de la Grecia romana. El final definitivo de la Grecia helenística se produjo con la batalla de Accio en el 31 a. C., cuando Octaviano derrotó a la reina ptolemaica Cleopatra VII y a Marco Antonio, capturando Alejandría, el último gran centro de la Grecia helenística, el año siguiente.
El llamado período helenístico comenzó con las guerras de los Diádocos, conflictos armados entre los antiguos generales de Alejandro Magno para repartirse su imperio en Europa, Asia y el norte de África. En tales guerras, que se prolongaron hasta el 275 a. C., tuvo lugar la caída de las dinastías argéada y antipátrida de Macedonia en favor de la dinastía antigónida. La era estuvo marcada asimismo por sucesivas guerras entre el reino de Macedonia, el de Epiro, la Liga Etolia, la Liga Aquea, Esparta, Rodas, el reino de Pérgamo y los imperios seléucida y ptolemaico.
Durante el reinado de Filipo V de Macedonia (221-179 a. C.), los macedonios no solo perdieron la guerra cretense (205-200 a. C.) ante una alianza liderada por Rodas, sino que su antigua alianza con Aníbal de Cartago también los involucró en la primera y segunda guerra macedónica contra la antigua Roma. La aparente debilidad de Macedonia tras estos conflictos impulsó a Antíoco III el Grande del Imperio seléucida a invadir la Grecia continental, pero sus derrotas a manos de los romanos en las Termópilas en 191 a. C. y en Magnesia en 190 a. C. consolidaron la posición de Roma como la principal potencia militar de la región. Aproximadamente dos décadas después de conquistar Macedonia en 168 a. C. y Epiro en 167 a. C., los romanos llegarían a controlar Grecia entera.
Durante el período helenístico, la importancia de la Grecia misma dentro del mundo de habla griega decayó drásticamente. Alejandría (en Egipto) y Antioquía (al sur de Anatolia), capitales de los reinos ptolemaico y seléucida, respectivamente, se convirtieron en los grandes centros de cultura helenística. Ciudades como Pérgamo y Éfeso, en Anatolia, Rodas (en el dodecaneso) o Seleucia (en Mesopotamia) fueron también importantes, y la creciente urbanización del Mediterráneo oriental fue característica de la época.
Macedonia y otros reinos helenísticos izquierda|miniaturadeimagen|Moneda que representa a Casandro, primer líder post-argéada de la Grecia helenística y fundador de Tesalónica. Hacia el final del periodo clásico, alrededor del año 360 a. C., las ciudades-estado griegas se encontraban debilitadas y desorganizadas tras dos siglos de guerras. Primero, los atenienses habían luchado contra los persas; luego, los espartanos combatieron a los atenienses durante la guerra del Peloponeso y, posteriormente, los espartanos y los atenienses se enfrentaron entre sí, así como contra los tebanos y los persas. Toda esta conflictividad facilitó el ascenso al poder de otra ciudad-estado —hasta entonces poco destacada: Macedonia, bajo el enérgico gobierno del rey Filipo II. En 338 a. C. los ejércitos de Filipo II derrotaron a las otras ciudades griegas en la batalla de Queronea. Con esto, Filipo trajo la paz a una Grecia asolada por la guerra, y el reino de Filipo —considerablemente expandido—, su poderoso ejército y sus abundantes recursos lo convirtieron entonces en el líder de facto de Grecia. El objetivo final de Filipo era conquistar Persia y apoderarse de las tierras y riquezas del imperio, pero fue asesinado por su guardaespaldas Pausanias en el 336 a. C., durante la boda de su hija, antes de poder disfrutar del botín de sus victorias. Su hijo Alejandro, conocido en la historia como «Alejandro Magno», aprovechó la oportunidad para hacerse cargo del proyecto imperial de su padre. El nuevo rey macedonio condujo a sus tropas a través del Helesponto hacia Asia. Desde allí, Alejandro y sus ejércitos continuaron su avance, conquistando vastas extensiones de Asia Occidental y Egipto, y se adentraron hasta el valle del Indo.
Las expediciones de Alejandro Magno tuvieron diversas consecuencias para las ciudades-estado griegas. En primer lugar, ampliaron enormemente los horizontes de los griegos, haciendo que los interminables conflictos entre ciudades que habían caracterizado los siglos y parecieran mínimos e insignificantes en comparación. Asimismo, provocaron una emigración constante, sobre todo de jóvenes ambiciosos, hacia los nuevos imperios griegos en el oriente. Muchos griegos emigraron a Alejandría, Antioquía y las numerosas ciudades helenísticas fundadas tras el paso de Alejandro, llegando a lugares tan lejanos incluso como lo que hoy día son Afganistán o Pakistán, donde los reinos grecobactriano e indogriego perduraron hasta finales del
La derrota de las ciudades-estado griegas a manos de Filipo y su hijo Alejandro les enseñó también que jamás podrían volver a ser potencias por derecho propio, y que la hegemonía de Macedonia y sus estados sucesores no podría ser desafiada a menos que las ciudades-estado se unieran, o al menos se federaran. Los griegos valoraban demasiado su independencia local como para considerar una unificación real, si bien hicieron varios intentos por formar federaciones a través de las cuales pudieran aspirar a reafirmar su independencia.
Tras la muerte de Alejandro, estalló una lucha por el poder entre sus generales, que resultó en la desintegración de su imperio y el establecimiento de varios reinos nuevos. Macedonia quedó en manos de Casandro, hijo de Antípatro, el principal general de Alejandro, quien, tras varios años de guerra, se hizo con el control de la mayor parte del resto de Grecia. Casandro fundó una nueva capital macedonia en Tesalónica y, en términos generales, fue un gobernante constructivo.
El poder de Casandro se vio desafiado por Antígono, gobernante de Anatolia, quien prometió a las ciudades griegas que restauraría su libertad si lo apoyaban. Esto provocó revueltas exitosas contra los gobernadores locales de Casandro. En el 307 a. C., Demetrio, hijo de Antígono, conquistó Atenas y restauró su sistema democrático, que había sido suprimido por Alejandro Magno. No obstante, en el 301 a. C., una coalición que incluyó a Casandro y otros reyes helenísticos derrotó a Antígono en la batalla de Ipsos, poniendo fin a su desafío. izquierda|miniaturadeimagen|203x203px|Bajorrelieve de la puerta de una tumba griega helenística, Museo de la Ciudad de Leeds. Tras la muerte de Casandro en el 298 a. C., Demetrio se hizo con el trono macedonio y ganó control sobre la mayor parte de Grecia. Fue luego derrotado por una segunda coalición de gobernantes griegos en el 285 a. C., y el dominio de Grecia quedó en manos del rey Lisímaco de Tracia. Este, a su vez, fue derrotado y asesinado en el 280 a. C., y el trono macedonio pasó entonces al hijo de Demetrio, Antígono II Gónatas, quien también derrotó una invasión de territorios griegos por parte de los galos, que para entonces habitaban los Balcanes. La batalla contra los galos unió a los antigónidas de Macedonia y a los seléucidas de Asia, una alianza que también se dirigió contra la potencia helenística más rica, los Ptolomeos de Egipto. Se sabe que el rey epirota Pirro convirtió a su reino en un poderoso estado dentro del mundo helenístico (entre el 297 y el 272 a. C.), comparable a Macedonia y la Antigua Roma. Los ejércitos de Pirro también intentaron un ataque contra el estado de la Antigua Roma durante una fallida campaña en lo que actualmente es Italia, entre el 280 y el 275 a. C. Pirro murió en el 272 a. C., dejando a la Macedonia de Antígono II como la potencia más fuerte de Grecia.
Antígono II gobernó hasta su muerte en el 239 a. C., y su familia conservó el trono macedonio hasta que este fue abolido por los romanos en el 146 a. C. Sin embargo, su control sobre las ciudades-estado griegas fue intermitente, ya que otros gobernantes, en particular los Ptolomeos, financiaron a grupos antimacedonios en Grecia para debilitar el poder de los Antigónidas. Antígono estableció una guarnición en Corinto, el centro estratégico de Grecia, pero Rodas, Pérgamo, la Liga Aquea, la Liga Etolia y otros estados griegos mantuvieron una independencia sustancial. Esparta también permaneció independiente y, en general, se negó a unirse a liga alguna.
En el 267 a. C., Ptolomeo II persuadió a las ciudades griegas para que se rebelaran contra Antígono, en lo que se conoció como la guerra de Cremónides, en honor al líder ateniense Cremónidas. Las ciudades fueron derrotadas y Atenas perdió su independencia y sus instituciones democráticas. La Liga Etolia quedó restringida al Peloponeso, pero al poder obtener el control de Tebas en el 245 a. C. se convirtió en aliada de Macedonia. Esto marcó el fin de Atenas como actor político, si bien siguió siendo la ciudad más grande, rica y culta de Grecia. En el 255 a. C., Antígono derrotó a la flota ptolemaica en Cos y sometió también a su dominio las islas del Egeo, con excepción de Rodas.
Ciudades-estado y ligas miniaturadeimagen|Detalle de un panel de mosaico helenístico que muestra una cotorra alejandrina, procedente de la acrópolis de Pérgamo (cerca de la actual Bergama, Turquía), datado a mediados del (durante los reinados de Eumenes II y Átalo II de Pérgamo). A pesar de su reducido poder político y autonomía, la ciudad-estado griega o polis continuó siendo la forma básica de organización política y social en Grecia. Ciudades-estado clásicas como Atenas o Éfeso crecieron e incluso prosperaron durante este período. Si bien las guerras entre ciudades griegas persistieron, las ciudades respondieron a la amenaza de los estados helenísticos post-alejandrinos mediante pactos o aliándose con un estado helenístico fuerte que pudiera defenderlas, convirtiéndolas así en asilos o blindándolas de ataques de otras ciudades.
Los etolios y los aqueos desarrollaron fuertes estados federales o ligas (koinón), gobernadas por consejos de representantes de las ciudades y asambleas de ciudadanos de la liga. Inicialmente ligas étnicas, estas ligas comenzaron más tarde a incluir ciudades fuera de sus regiones tradicionales. La Liga Aquea llegó a incluir todo el Peloponeso excepto Esparta, mientras que la Liga Etolia se expandió hasta Fócida. Durante el , estas ligas lograron defenderse de Macedonia y la Liga Etolia derrotó una invasión celta de Grecia en Delfos.