La antigua ciudad romana de Sucro se corresponde con el asentamiento íbero edetano

que los griegos llamaron Sicana.

Tucídides (nacido el año 460 a.C.), en "Historia de la guerra del Peloponeso VI, 1-2", refiere que sus habitantes, los sicanos (en griego Σικανοί, Sikanoi), poblaron Sicilia dos o tres generaciones antes de la guerra de Troya.

El término oppidum designa en latín a un lugar elevado, es decir a un altozano («alcudia» en valenciano) cuyas defensas naturales han sido reforzadas por la intervención del hombre y que puede tener una extensión muy variable: desde una a varios centenares de hectáreas. En la península ibérica los oppida también son también conocidos como castros o citanias.

Polibio (nacido el año 200 a. C.) confirmó la importancia de la ciudad de Sucro al señalar que era una de los enclaves hispanos más favorecidos para el comercio por su privilegiada situación.

Datos históricos

Iberos y fenicios

miniatura|izquierda|130px|El guerrero de Mogente. miniatura|left|130px|Los íberos vestían indumentaria roja y blanca y portaban una falcata como arma.

Durante el Hierro Antiguo el paraje del «alteret de la vint-i-huitena» de Albalat de la Ribera debió de ser (dado el abundante material fenicio allí encontrado, junto a cerámicas del Bronce Final) un importante centro de recepción y distribución de mercancías (Bonet y Mata, 2001: 178; Ribera, 2003: 363). Desde allí se distribuirían hacia centros del interior donde se han documentado estos materiales en mucha menor medida.

También se encontraron en el «alteret de la vint-i-huitena» restos muy superficiales de cerámica ibérica con decoración geométrica y floral (Aranegui Gascó, C. Els romans en terres valencianes, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim - IVEI, 1996).

Por otro lado la presencia de cerámicas romanas caracterizadas por un pigmento negro brillante (cerámica campaniense de tipo A y B, algunas datadas del ) podría confirmar que la ciudad perduró hasta la época tardorrepublicana e incluso bastante más allá, según diversas fuentes históricas.

La ciudad romana de Sucro se originó en el campamento romano que Publio Cornelio Escipión el Africano estableció allí en 209 a.C. cuando avanzó desde Sagunto hasta Cartagena durante la segunda guerra púnica de Roma contra Cartago.

La ciudad de Valencia (denominada entonces Valentia) se fundó por veteranos itálicos un poco más al norte sobre el río Tyrius (actual Turia) y poco a poco se convirtió en el principal centro romanizador de la región valenciana al sustituir la previa relevancia de la ciudad de Sucro.

Ambas ciudades fueron devastadas, casi simultáneamente en el 75 a.C., por el general optimate (senatorial) Cneo Pompeyo Magno en su lucha contra el general rebelde popular Quinto Sertorio, durante las guerras civiles sertorianas.

Valencia fue refundada en la época Augusta, pero no se produjo una reconstrucción similar de la mucho más antigua ciudad romana de Sucro.

Escipión y el motín de Sucro al final de la segunda guerra púnica

thumb|320px|right||Retrato de Escipion el Africano en mármol, c. 1460-1465, por Mino da Fiesole (Museo de Arte de Filadelfia) thumb|left|75px|Fasces miniatura|280px|right|La clemencia de Escipión, cuadro del pintor francés Nicolas Poussin. Museo Pushkin (Moscú).

En el año 212 a.C. Publio Cornelio Escipión padre de "el Africano" conquistó Sagunto a los cartagineses durante la segunda guerra púnica y posteriormente, en año 209, fue el hijo quien se dirigió hacia Cartagena la cual conquistó. Posteriormente, volvió a derrotar a los cartagineses en la decisiva batalla de Baecula. Había dejado en Sucro (un oppidum íbero situado en los meandros finales del río Júcar): un campamento que fue el origen de la futura ciudad romana de Sucro la cual quedó localizada justo en el punto intermedio del recorrido que Publio Cornelio Escipión hizo desde Tarraco (Tarragona) hasta Cartago Nova (Cartagena).

La importancia estratégica de Sucro radicaba en que al dominar ese enclave (situado justo en el cruce del Júcar con la futura vía Augusta) se controlaba el paso entre dos regiones íberas (Edetania, al norte y Contestania, al sur), pues solamente en Sucro era fácilmente vadeable el Júcar. Por ello desde allí se podía partir en dos el dominio romano en la península al romperse la comunicación vía terrestre entre el norte más romanizado (la Hispania Citerior que después fue la Tarraconense) y el sur con el valle del Guadalquivir (es decir, la Hispania Ulterior la cual fue después dividida en la Cartaginense y la Bética).

La comarca de la Ribera del Júcar entró en la historia cuando Tito Livio (íntimo amigo del emperador César Augusto) relató como a principios de 206 a.C. (justo tras la batalla de Ilipa, durante la segunda guerra púnica) se produjo la sublevación de Sucro.

Se amotinaron contra Publio Cornelio Escipión los 8.000 soldados allí localizados, dirigidos por los sediciosos Atrio (Cayo Atrio Umbro) y Albio (Cayo Albio Caleno). La sublevación se produjo por varios motivos: por la falta de suficientes abastecimientos, porque se les adeudaba varias soldadas y porque la guarnición no había participado del botín de guerra conseguido al conquistarse (3 años antes, en 209 a.C.) la ciudad de Cartago Nova al ejército púnico de Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal (el cual se encontraba por entonces arrasando la península itálica).

Los soldados de Sucro querían parte del botín pero no habían participado en la conquista de Cartagena pues permanecieron en la retaguardia, en el oppidum de Sucro junto al Júcar.

El motín fue favorecido por creer erróneamente los rebeldes que Escipión había fallecido tras haber enfermado en Cartago Nova y haber asumido L. Marcio interinamente el mando de las tropas. Los sediciosos llegaron a contactar con los rebeldes íberos nativos Indíbil y Mandonio e incluso llegaron a arrasar las localidades vecinas de Sucro en busca de un botín compensatorio. Llegaron a quitar las insignias militares romanas normales y las reemplazaron con las insignias de fasces y hachas (símbolo de la muerte).

Escipión tuvo que actuar astutamente pues solo disponía ya de 7.000 hombres en Cartago Nova y los amotinados eran más de 8.000. Les mandó una carta a través de siete tribunos leales pidiendo a los sediciosos que fueran a Cartago Nova para cobrar sus soldadas atrasadas y para recoger suministros. Simultáneamente mandó también a algunos recaudadores a diversas ciudades difundiendo inmediatamente esa dispersión y ese afán recaudatorio para que así los desleales creyeran en su sinceridad y se sintieran seguros. Después eligió un día para reunirse con los sediciosos a fin de que ellos recibieran lo prometido.

Tras engañar de esta manera a los amotinados y lograr atraerles hasta Cartago Nova, sus cabecillas fueron obsequiados con una opípara cena con abundante bebida y cuando ya estaban en estado de embriaguez fueron apresados e inmediatamente encarcelados con grilletes en las piernas.

miniatura|280px|right|Teatro romano de Cartagena miniatura|280px|right|Museo del Teatro Romano de Cartagena

A la mañana siguiente Escipión, tras hacerles creer que su guarnición de Cartago Nova estaba ausente y que estaban recaudando para ellos, reunió a los 8.000 rebeldes ya sin sus cabecillas. Estos observaron con sorpresa, y al contrario de lo esperado, que Escipión aparentaba excelente salud.

Entonces el lugarteniente de Escipión, M. Junius Silanus, rodeó con 7.000 soldados leales bien armados (en realidad ninguno había abandonado el lugar) a los 8.000 sediciosos los cuales ingenuamente habían acudido al acto totalmente desarmados.

Escipión el Africano les dedicó seguidamente un larguísimo discurso (seguramente muy adornado por Tito Livio en su relato posterior) que fue genial, pues les fue amedrentando progresivamente. Al inicio de su soflama les embaucó llamándoles hermanos, pero terminó llamándoles traidores. El momento culminante del discurso fue cuando Escipión les recordó el destino de una legión que se amotinó con el tribuno Décimo Vibelio (el cual controló Reggio durante diez años) y que entonces toda la legión, 4.000 hombres, fueron ajusticiados en el foro de Roma.

Una muestra, corta, del discurso:

“Ni siquiera sé con qué nombre llamaros: ¿ciudadanos, los que os separasteis de vuestra patria?, ¿acaso soldados, quienes rechazasteis la autoridad militar y los auspicios y rompisteis los vínculos sagrados?, ¿enemigos? Reconozco los cuerpos, ropas y el aspecto de los conciudadanos, veo los comportamientos, las palabras, los proyectos y el talante de los enemigos”.

Mientras los sediciosos oían el larguísimo discurso de Publio Cornelio Escipión fueron progresivamente rodeados por las tropas leales.

Tras finalizar el discurso los soldados leales golpearon sus espadas contra sus escudos de metal, alarmando enormemente a los amotinados, totalmente desarmados.

A continuación vieron con horror como los 35 cabecillas (incluidos los dos principales, Atrio y Albio) eran llamados por su nombre, desnudados hasta la cintura, llevados al centro del foro, castigados y golpeados, después atados a una estaca y finalmente decapitados frente a ellos, siendo posteriormente arrastrados los 35 cadáveres por el suelo.

Después los 8000 soldados sediciosos fueron llamados uno a uno, y tras hacer que se quitasen las insignias de fasces y hachas fueron obligados a jurar fidelidad a Publio Escipión (fidelidad al general y no a Roma) y a medida que cada uno recitaba su juramento, para su sorpresa, se le abonaba el salario que se le debía.

Así finalizó el motín originado en Sucro y con ello Africanus consiguió unir los 8000 amotinados en Sucro a a sus 7000 soldados fieles en Cartago Nova.

Esa hábil magnanimidad se justifica porque Escipión necesitaba reincorporar esas tropas rebeldes (8.000+7.000=15.000 soldados a sus órdenes) para proseguir la lucha contra Cartago y también para poder marchar contra los caudillos indígenas Indíbil y Mandonio los cuales, tras creerle enfermo, habían sublevaron a los lacetanos y contratado a muchos mercenarios celtíberos para su causa rebelde.

Posteriormente, tras la conquista de Gadir (Cádiz) y la expulsión de los cartagineses, Escipión incorporó Hispania al imperio, dividiéndola en dos provincias: Citerior y Ulterior (Augusto las reconvirtió posteriormente en tres: Tarraconense, Bética y Lusitana al dividir en dos a la segunda).

Tito Livio en su libro Ab Urbe condita refiere en que cuando Escipión regresó a Roma en el año 205 a. C. celebró los juegos (ludi) que había prometido durante el motín y que los dedicó más a su éxito en sofocar la rebelión de Sucro que a sus victorias sobre los cartagineses en España.

Durante la segunda guerra púnica soldados de Sucro también lucharon junto a los cartagineses: con Aníbal en Italia miniatura|left|300px|Aníbal vencedor contemplando por primera vez Italia desde los Alpes (1770), óleo de Francisco de Goya.

Cayo Silio Italico, poeta español (pese a su nombre) y cónsul de Roma a la muerte de Nerón (el cual vivió del 25 al 99 de nuestra era), en su poema sobre la segunda guerra púnica (Puniconorum-Silli Italici) nos habla de los soldados sucronenses que acompañaron a Aníbal hasta Italia, los cuales, al igual que los soldados setabenses, lucían resplandecientes armaduras.

Ambas tropas, soldados sucronenses y setabenses, estaban formados por nativos hispanos pues eran íberos contestanos, dado que la Contestania se extendía desde Sucro (Albalat de la Ribera) hasta Ilice (la actual Elche) es decir desde el río Vinalopó, al sur, hasta la Albufera o hasta el río Júcar, al norte.