El golpe de Estado del 18 de brumario en Francia hace referencia al golpe de Estado dado en esa fecha del calendario republicano francés, correspondiente al 9 de noviembre de 1799 del calendario gregoriano, que acabó con el Directorio, última forma de gobierno de la Revolución francesa, e inició el Consulado con Napoleón Bonaparte asumiendo todo el poder.
Como ha señalado Jeremy D. Popkin, «la ausencia de reacción popular al derrocamiento del Directorio demostró el poco apoyo que tenía el régimen creado en 1795». Sin embargo, matiza Popkin, «el Directorio había ido mejorando la eficiencia de su maquinaria administrativa y las condiciones de la mayor parte del país eran mejores que en 1795», por lo que «el régimen no tenía por qué haberse derrumbado si no hubiera sido por la acción deliberada de sus propios líderes».
Según Albert Soboul la facilidad del éxito del golpe del 18 de brumario se explicaría por el apoyo que encontró entre los campesinos propietarios, que temían tanto la vuelta al Antiguo Régimen como la anarquía preludio de una ley agraria, y la «burguesía de negocios» que «aspiraba a un sistema político que protegiera sus intereses, que garantizase definitivamente sus derechos y que le permitiese intensificar su esfuerzo de renovación de la economía».
Según Denis Richet, «el 18 de Brumario impuso a Francia y a Europa un régimen del que solo revivirían después de 1815. Fue, quizá, el parto de una Europa moderna cuyo nacimiento no se produjo sin atroces dolores».
Aunque por sus contemporáneos no fue considerado como tal, el término «18 de brumario» se convertiría en sinónimo de golpe de Estado, especialmente después de que Karl Marx publicara en 1851 El 18 de brumario de Luis Bonaparte.
Antecedentes thumb|left|Cuadro conmemorativo de la «Batalla de las Pirámides» por Antoine-Jean Gros (1810). Fue un encargo del Senado napoleónico. El 18 de mayo de 1798 el general Napoleón Bonaparte partió para Egipto, entonces una provincia del Imperio otomano, al frente de una expedición compuesta por más de 35 000 hombres. El objetivo era amenazar la conexión del Reino Unido de Gran Bretaña, el último gran enemigo que le quedaba a la República francesa, con la India, una de sus principales posesiones. La idea había partido del propio Bonaparte, después de su triunfal campaña de Italia donde había fundado las «repúblicas hermanas» Cisalpina y Ligur. «No está lejos el momento en que nos daremos cuenta de que, para destruir realmente a Inglaterra, necesitamos tomar Egipto», le había escrito a los cinco miembros del Directorio, que ostentaban el poder ejecutivo de la República según lo establecido en la Constitución francesa de 1795 —el Directorio también había aprobado el proyecto porque así se «desembarazaba de un general que comenzaba a inquietarlo»—. Tras desembarcar en Alejandría el 15 de julio Bonaparte derrotó al ejército mameluco en la «batalla de las pirámides», victoria decisiva para apoderarse de todo el Etalayato. Sin embargo, el 2 de agosto la flota británica al mando del almirante Nelson destruyó la flota francesa anclada en la bahía de Abukir (en la que sería conocida como la «Batalla del Nilo»), lo que dejó atrapado en Egipto al ejército de Bonaparte sin posibilidades de volver a casa.
La victoria británica en la bahía de Abukir animó a otros Estados europeos a formar la Segunda Coalición contra la República francesa, incluido el Imperio Ruso —el zar Pablo I, protector de la Orden de Malta, estaba furioso por la ocupación de Malta por Bonaparte camino de Egipto—. En abril de 1799 un ejército austro-ruso al mando del general Aleksandr Suvórov invadió el norte de Italia obligando a los ejércitos franceses a evacuar la península. Poco después entraba en Suiza donde se acababa de fundar la «república hermana» Helvética. En el interior de Francia los realistas volvieron a las armas.
En este contexto de derrotas militares y de rebeliones realistas se celebraron las elecciones para renovar algo más de la mitad de los miembros del Consejo de los Ancianos y del Consejo de los Quinientos, las dos cámaras que componían el poder legislativo de la República. Para intentar evitar que se reprodujera el avance de los «neojacobinos» del año anterior, que el Directorio había «neutralizado» mediante el golpe de Estado de la Ley del 22 de floreal del año VI (11 de mayo de 1798), el ministro del Interior Nicolas François de Neufchâteau desplegó una campaña para influir en la votación advirtiendo contra «los sucesores de Robespierre y Marat» y contra la vuelta de la «anarquía en Francia». «¿Queréis que surja la ley del máximo?», les dijo a los propietarios. Pero la campaña no dio resultado porque la mayoría de los candidatos gubernamentales salieron derrotados en unas asambleas electorales tumultuosas (solo 56 de los 141 candidatos respaldados oficialmente resultaron elegidos). Así varios «neojacobinos» «florealizados» recuperaron sus escaños. thumb|Retrato de Emmanuel-Joseph Sieyès con el sombrero que lo distingue como director. La oposición de las dos Cámaras al Directorio quedó de manifiesto cuando eligieron a Sieyès, que llevaba tiempo pidiendo la revisión de la Constitución de 1795, como miembro del Directorio en sustitución de Jean-François Reubell (al que le había tocado por sorteo dejar su puesto, siguiendo la norma constitucional de que los miembros del Directorio se renovaban uno por año). Y sobre todo cuando el 28 de pradial del año VII (16 de junio de 1799) se declararon en sesión permanente tras haber responsabilizado a los otros cuatro miembros del Directorio de que entonces Italia estuviera «invadida por un feroz vencedor» y de que en muchas provincias «los amigos de la libertad», estuvieran siendo «proscritos y perseguidos por los monárquicos». En lo que se ha denominado el golpe de Estado de pradial del año VII (18 de junio), los Consejos, contando con el apoyo de los directores Sieyès y Paul Barras, obligaron a dimitir a los otros tres miembros del Directorio: Jean-Baptiste Treilhard fue sustituido por Louis-Jérôme Gohier, próximo a los «neojacobinos»; Louis-Marie de La Révellière-Lépeaux, por Roger Ducos, aliado de Sieyès; y Philippe-Antoine Merlin de Douai, por el general Jean-François-Auguste Moulin que se había quejado de que el Ejército no estaba recibiendo suficientes recursos. Un diputado justificó el golpe dirigiéndose a los directores depuestos: «Habéis acabado con el espíritu público, habéis amordazado la libertad... Habéis mutilado la representación nacional». Como ha señalado Jeremy D. Popkin, «el "golpe" del 30 de pradial (18 de junio) fue la tercera vez en menos de dos años que las presiones políticas habían dado lugar a la anulación de los procedimientos constitucionales». «Jornada parlamentaria más que golpe de Estado, el 30 de pradial, año VII, constituye el desquite de los Consejos florealizados el año anterior por el ejecutivo», ha indicado Albert Soboul.
El «golpe de pradial» había sido el resultado de la alianza circunstancial entre los «neojacobinos» y los republicanos «moderados» y durante las primeras semanas los Consejos se dedicaron a desmantelar varias de las políticas del «Segundo Directorio», surgido del Golpe de Estado del 18 de fructidor del año V (4 de septiembre de 1797). Se eliminaron las restricciones a la libertad de prensa, se permitió que un nuevo club jacobino, denominado Sociedad de Amigos de la Igualdad y de la Libertad, celebrara sesiones públicas en la sala de Manège de las Tullerías, y se revisó el sistema de reclutamiento para reorganizar los ejércitos que se batían en retirada. Además se aprobó la llamada «ley de rehenes» que permitía detener a los familiares de los emigrés, de los ci-devant nobles y de los individuos «notoriamente conocidos por tomar parte en reuniones o bandas de asesinos» y confiscar sus bienes, aunque no hubiera pruebas de que ellos hubieran cometido ningún delito. Se justificó diciendo que se pretendía disuadir a los que querrían llevar a cabo «ataques y actos de bandolerismo por odio a la República». Alguna voz se alzó en contra como la del antiguo philosophe André Morellet, que dijo: «¿Esta es la libertad que la misma República que ha dado a los negros de nuestras colonias los derechos del hombre... otorga a los franceses?». También suscitó críticas una ley que obligaba a los contribuyentes más ricos a que suscribieran un préstamo forzoso. Se escribió que «la ley expoliadora del empréstito forzoso ha arruinado nuestras finanzas». thumb|Retrato de Lucien Bonaparte, hermano del general Bonaparte. Diputado del Consejo de los Quinientos, fue nombrado presidente de la Cámara a finales de octubre de 1799. Así, entre los sectores moderados se comenzó a cuestionar el apoyo a los «neojacobinos», teniendo en cuenta además que sus periódicos no sólo justificaban «El Terror» del año II sino que también insinuaban que sería necesario recuperar algunas de sus medidas. Los temores de muchos moderados se vieron confirmados cuando el 16 de agosto (29 de termidor) los «neojacobinos» presentaron una propuesta en el Consejo de los Quinientos por la que se pretendía procesar a los tres directores depuestos, lo que supondría volver a los juicios públicos del «execrable régimen de 1793», como lo calificó el diputado Lucien Bonaparte, hermano del general Napoleón Bonaparte. Juró que Francia «no vería más patíbulos, ni más terror». Un proposición del general «neojacobino» Jean-Baptiste Jourdan de que se declarara, como en julio de 1792, «la patria en peligro» fue rechazada —Lucien Bonaparte argumentó que valía «más extender los poderes constitucionales del Directorio que exponerse a dejarse arrastrar por una fuerza revolucionaria». Quien tomó la iniciativa entonces fue Sieyès que convenció a los otros cuatro miembros del Directorio para que nombraran ministro de Policía a Joseph Fouché, uno de los conspiradores que promovieron la caída de Robespierre. A mediados de agosto Fouché ordenaba el cierre de los 250 clubs jacobinos que se habían formado en toda Francia. Como ha señalado Albert Soboul, la clausura de los clubs «señaló la ruptura de los jacobinos con el Directorio».
Por su parte Sieyès reunió en torno suyo a todos los descontentos con el «régimen del Directorio» y buscó un general que encabezara el golpe de Estado que acabara con él. Las victorias de los ejércitos franceses durante la segunda mitad de septiembre de 1799 en los Países Bajos (el general Guillaume Brune derrotó a un ejército anglo-ruso en la batalla de Bergen, 19 de septiembre) y en Suiza (el general André Masséna derrotó a un ejército austro-ruso en la segunda batalla de Zúrich, 25-26 de septiembre), precedidas por la derrota de la insurrección realista en la región de Toulouse (batalla de Montréjeau, 20 de agosto), no disuadió a Sieyès de su propósito. Tampoco al general Napoleón Bonaparte que en aquel momento cruzaba el Mediterráneo en dirección a Francia.
Preparación thumb|Cuadro conmemorativo de la llegada del general Bonaparte a Francia desde Egipto (el 9 de octubre de 1799), por Louis Meijer (1843).