Luis de Requesens y Zúñiga (Barcelona, 25 de agosto de 1528 - Bruselas, 5 de marzo de 1576) fue un militar, marino, diplomático y político español, gobernador del Estado de Milán (1572-1573) y de los Países Bajos (1573-1576).

Mentor de don Juan de Austria, su labor fue fundamental para la gran victoria de la Liga Santa en la batalla de Lepanto. Y también fue comendador mayor de Castilla en la Orden de Santiago.

Vida Juventud Nació en la casa de sus padres, el antiguo Palacio Real Menor de los Reyes de Aragón, llamado el Palacio de la Reina, en la ciudad de Barcelona, en la cámara rica del parament, siendo bautizado el 28 de agosto en la parroquia del mismo palacio. Aunque su nombre de pila hubiera debido ser Luis de Zúñiga y Requesens, en las capitulaciones matrimoniales de sus padres se especificaba que debía utilizar en primer lugar el apellido materno de doña Estefanía de Requesens, señora de la villa de Molins de Rey, de la Villa y baronía de Martorell y de los lugares de San Esteban de Sasroviras, Castellbisbal y Castellví de Rosanes, en lugar del apellido de su padre, Juan de Zúñiga y Avellaneda, segundo hijo del Conde de Miranda, para respetar y perpetuar el apellido materno, que estaba emparentado con la Casa de Cardona.

Se crio como muy delicado y enfermizo. En una ocasión casi se le dio por fallecido, pero su madre lo llevó al altar de Nuestra Señora en Montserrat, donde al poco tiempo comenzó a recobrar la salud perdida. Se nombró preceptor a Juan de Arteaga y Avendaño, que había sido uno de los primeros discípulos de San Ignacio de Loyola.

Al servicio del Príncipe de Asturias thumb|Retrato de Luis de Requesens y Zúñiga. Ilustración de Famiano Strada, De bello Belgico decas prima, Amberes, 1640. Grabado de Jacob Neefs. Inscripción: Al ser nombrado su padre ayo del príncipe don Felipe a principios de 1535, Luis de Requesens fue nombrado paje del mismo, por lo que recibieron la misma educación, siendo designado para llevar el guion del Príncipe durante todo el tiempo en que permanecieron juntos. Ya en 1537, el emperador Carlos le hizo la merced del hábito de la Orden de Santiago. Entre otros juegos, corría la sortija y justaba con el Príncipe y sus pajes, con lo que su carácter irritable y áspero se fue dulcificando.

En 1543, fue de los designados para acompañar al Príncipe de Asturias en su boda con María de Portugal, permaneciendo junto a los desposados todo el tiempo y ocupándose de su administración y custodia. Al fallecer María por sobreparto el 12 de julio de 1545, el Príncipe, muy dolido por la pérdida de su esposa, se retiró por un tiempo al Monasterio del Abrojo, donde don Luis le acompañó como amigo y compañero de sufrimientos, ocupándose al mismo tiempo de que nada le faltara para aliviar los sinsabores por los que pasaba.

El 27 de junio de 1546 falleció su padre, por lo que el Emperador le concedió la encomienda mayor de Castilla en la Orden de Santiago, la cual había ostentado el padre hasta su muerte. El cuerpo del difunto fue trasladado de Madrid a Barcelona, por lo que viajó hasta esta ciudad para estar presente en su enterramiento, que se realizó en la Capilla del Palau, que por la ayuda de su madre y esposa del finado, en forma de supervisión de las obras, se había llevado a buen término.

En 1547, fue una vez más designado para acompañar al Príncipe a Monzón, pero en este viaje iba ya con capa y espada. Este viaje lo pudo realizar al haber salido de una más de sus muchas enfermedades sufridas, aparte de haber recibido una grave herida. Su madre le sugirió que, para pasar mejor esa mala temporada, se fuera a la Corte del rey Carlos I, que en esos momentos se encontraba en sus dominios de Emperador en el Sacro Imperio, por lo que partió de la ciudad de Barcelona el 11 de diciembre de 1547, llegando a Augusta donde en esos instantes se encontraba Carlos I, quien le recibió con todos los honores.

El Rey tenía que desplazarse a sus territorios de Flandes, por lo que le designó para acompañarle. A la llegada del Rey a sus dominios, en los que hallaba su hermana la reina de Francia, doña Leonor, entre los regalos que se prodigaron hubo una serie de fiestas y torneos entre los diferentes caballeros. En uno de los torneos, sacó por su cuenta a dos cuadrillas, una en la que él encabezaba el grupo, rodeado de caballeros amigos y deudos de él, pero montando caballos ligeros para escaramuzar, mientras que la otra cuadrilla estaba compuesta por criados vestidos a la húngara, lo que no dejó de ser una gran sorpresa para todos y muy aplaudida.

Siempre le distinguió su modestia, pues al llegar el príncipe Felipe y a pesar de tener el apoyo incondicional del Rey, Requesens no consintió que se le nombrara hombre de cámara de su Príncipe. Las fiestas continuaron a la llegada de la Corte a Bruselas. El Príncipe quiso justar con Requesens, este accedió pero, por ser la primera vez que se enfrentaba a su Alteza, en el momento del choque alzó la caña, por lo que el Príncipe no le alcanzó ni él tampoco. Unos momentos después le volvieron a retar, y don Luis no supo quién lo hacía, así que esta vez no levantó la caña, alcanzando en la celada al contrario, el cual fue desmontado y del golpe que recibió al caer en tierra se quedó adormecido. Al quitarle el yelmo, se dio cuenta de que había sido engañado, pues el que yacía en tierra no era otro que el Príncipe Felipe.

Justo al siguiente día del encuentro con el Príncipe le llegó la noticia de que el 25 de abril de aquel año de 1549, su querida madre había fallecido en la ciudad de Barcelona, por lo que inmediatamente y con la aquiescencia del Rey se puso en camino hacia esta ciudad. Estando en Barcelona, el 12 de julio de 1551 fue a recibir al Príncipe que llegaba embarcado, al cual acompañaba el príncipe del Piamonte Manuel Filiberto de Saboya, por lo que Requesens puso a disposición del piamontés su casa, el Palau, donde este permaneció mientras estuvieron en la ciudad.

Al servicio del Emperador Se comenzó a tratar entonces de su matrimonio, cuya principal escogida era la hija del Maestro Racional de Barcelona, pero ni esta, doña Jerónima, ni su padre don Francisco Gralla y Desplá estaban muy de acuerdo. No así la madre, doña Guiomar de Estalrich, y aunque intervino el Príncipe, hubo tal disputa familiar, que Requesens prefirió dejar correr el tema, y abandonó Barcelona camino de Madrid. Ello casi obligó a que el Príncipe se pusiera igual que él en camino a Madrid, con la excusa de que ya el Rey había llegado a la capital, donde se convocó Capítulo General de la Orden de Santiago; en ella y por intermediación del propio monarca, Requesens fue elegido como uno de los trece caballeros de ella, a pesar de que sólo contaba con 23 años de edad.

En este capítulo se resolvió que el Rey entregaría cuatro galeras a ella y ésta debía mantenerlas durante tres años en perfecto estado para entrar en combate; y si todo funcionaba bien, se haría que la resolución continuase. Se realizó el asiento, con la firma del Rey y con la del Príncipe como Gobernador de España, siendo propuesto por todo el capítulo para el cargo de capitán general de ellas al Comendador Mayor de Castilla, por lo que el Príncipe le proveyó luego de todo lo necesario. Requesens aceptó por dos razones: la primera, porque había sido toda la Orden la que se lo demandó, y la segunda, porque al dejar la casa del Príncipe, quería cambiar de ambiente y conocimientos, y la mar no era una mala elección.

Por varios y diferente motivos, en mayo de 1552 aún estaban sin formarse los aprestos de las cuatro galeras. Por esta razón, los de la Orden le rogaron al Comendador que marchase al Sacro Imperio, donde se encontraba el Emperador Carlos y pusiera en su conocimiento lo que estaba ocurriendo.

Partió de Madrid con dirección a la Corte el 12 de junio de 1552, haciendo parada para embarcar en Barcelona. Aquí se encontró con doña Jerónima, que finalmente lo convenció, no sin usar todas sus dotes, de que se desposara con ella. Dado que las galeras ya habían partido y sólo una fragata quedaba dispuesta en el puerto para zarpar, a media noche se realizaron los capítulos matrimoniales y poco antes del amanecer contrajo el matrimonio. Apenas una hora después Requesens embarcó en el buque que debía trasportarlo a Génova.

De esta ciudad pasó a Milán, poniéndose en camino siguiendo al Rey, al que dio alcance al pararse este para juntar al ejército que debía de combatir a los rebeldes luteranos del Sacro Imperio. Con el Rey pasó a Metz y posteriormente a Lorena a mediados de octubre, donde al Rey le entraron sus dolores de la gota, por lo que dejó de capitán general del ejército al Duque de Alba, al que el Comendador de Castilla siguió en todas las escaramuzas y combates que hubieron lugar.

En el sitio de Metz se declaró una epidemia que produjo graves pérdidas, y el mismo día de Navidad, al acabar de comulgar Requesens junto a los Caballeros de la Orden, le sobrevinieron unas fiebres; los facultativos llegaron a desahuciarlo. Antes de estar totalmente restablecido, se dio fin al asedio de Metz. Esto le obligó a realizar un penoso camino hasta llegar de nuevo a Bruselas, en donde ya se encontraba el Rey, con el que aprovechó para tratar los temas de la Orden. Volvió a partir hacia Génova, donde abordó una de las galeras del Duque de Alba y con la que retornaron a Barcelona. Al día siguiente de su llegada, se consumó su matrimonio.

Posteriormente vinieron unas herencias que le hicieron extraordinariamente rico, pues por azares de la vida concurrieron unas circunstancias que a los que les tocaban no las habían cumplido. Entre ellas estuvo la herencia de la duquesa de Calabria, que para hacerse con ella se vio obligado a mantener una serie de juicios, en los que su contrincante era el Conde de Saldaña, hijo mayor del Duque del Infantado. También ganó el pleito contra el cuarto marqués de Oliva, por lo que finalmente fue él también el único heredero.

Como al finalizar el Capítulo de la Orden de Santiago el príncipe Felipe embarcó en La Coruña para dirigirse al reino de Inglaterra y contraer matrimonio con María Tudor, Requesens regresó a Barcelona para terminar de poner a punto sus galeras. Hubo un incidente en el que su galera fue abordada por el capitán general de las de España, hecho que provocó por primera vez en su vida la ira. Aclarado el tema por el propio Rey, renunció a su mando.

Embajador ante la Santa Sede thumb|Retrato de Luis de Requesens y Zúñiga (grabado de 1854 por Carlos Múgica y Pérez de Historia de la Marina Real Española, en la Biblioteca Nacional de España). Se encontraba en Valladolid cuando recibió la visita de Juan de Vega, a la sazón Presidente del Consejo Real, que el nuevo rey Felipe II le había nombrado Asistente de Sevilla. Aunque el cargo era de mucha honra y autoridad, Requesens aún estaba resentido por la actuación del general de las Galeras de España, y se negó en redondo a aceptarlo.

En diciembre de 1561, recibió la visita de fray Bernardo de Fresneda, de la orden franciscana y confesor del Rey, quien le puso en conocimiento de haber sido nombrado por el monarca Embajador de España ante la Santa Sede, en cuyo solio pontificio se sentaba el Papa Pío IV. Fue informado al mismo tiempo de que se le asignaba un sueldo de 8.000 ducados de oro anuales, más otros 10 000 por una sola vez para cubrir los gastos del viaje. A pesar de tan lucrativo cargo, no dio su conformidad hasta que obtuvo el consentimiento, previa consulta a su mujer y su hermano.

Unos días después volvió a caer gravemente enfermo, por lo que no pudo partir de la capital hasta que no estuvo restablecido. Realizó la salida el 22 de diciembre de 1562 con dirección a Villarejo de Salvanés (Madrid), localidad en la que permaneció hasta la Pascua, y al terminar ésta se puso en camino hacia Valencia y de aquí a Barcelona.