thumb|right|250px|Virgilio muestra a Dante las llamas de la fosa, ilustración de Paul Gustave Doré. El canto vigésimo sexto del Infierno de Dante Alighieri se sitúa en la octava fosa del octavo círculo, donde son castigados los consejeros de fraude. Estamos en la mañana del 9 de abril de 1300 (Sábado Santo), o según otros comentadores del 26 de marzo de 1300. Es uno de los cantos más famosos del Infierno, conocido también como el «Canto de Ulises», en el que el héroe griego cuenta su muerte durante un viaje en barco de cinco meses hacia el hemisferio sur.

Incipit

Análisis del canto En el canto XXVI se habla de los urdidos de fraude, es decir de los conductores y políticos que no actuaron con las armas o el coraje personal sino con la agudeza de la inteligencia. Se trata de personas que ejercitaron una «astucia pérfida» y pecaron abusando de su inteligencia contra otras personas. Aquí, Dante hace una reflexión sobre la inteligencia y sobre su uso: la inteligencia es un don de Dios, pero por un deseo desmesurado de conocimiento puede llevar a la perdición si no está guiada por la virtud cristiana. El rey de Ítaca abandonó por segunda vez a Penélope y a su hijo Telémaco porque tras veinte años de viajes aún no estaba satisfecho de conocer el mundo. El viaje de Ulises al hemisferio sur es juzgado desde una perspectiva cristiana: así como se condena la desmesura y la avaricia, también se condena el afán desenfrenado de conocimiento.

Invectiva contra Florencia - versos 1-12

thumb|250px|La placa sobre el Bargello: «...qu[a]e mare, qu[a]e terra[m], qu[a]e totu[m] possidet orbem...» (1255). El canto se abre con una invectiva contra Florencia que temáticamente se une al canto precedente, donde Dante había encontrado cinco ladrones justamente florentinos: con ironía nota como Florencia es conocida en toda la tierra (metafóricamente "bate las alas", citando una inscripción sobre el Palacio del Bargello del 1255). También en el Infierno el nombre de Florencia se expande, habiéndose Dante avergonzado por haber encontrada cinco conciudadanos entre los ladrones, que obviamente no llevan el honor de su ciudad.

Pero si lo que se sueña a la primera mañana, según una leyenda medieval, se hace verdad, entonces Dante predice que pronto ella sufrirá el castigo que también la cercana Prato, y también otras ciudades, desean para ella. Por qué se nombre justamente a Prato no se aclaró todavía y las hipótesis más convincentes son aquellas ligadas a los anatemas arrojados por el cardenal Nicolás de Prato, que intentó en vano de traer la paz en las facciones florentinas en el 1304. Manfredi Porena, si bien no propuso una alternativa a esta explicación, encuentra dificultad en aceptarla en tanto que el cardenal de Prato fue poco después uno de los manipuladores de la elección del papa Clemente V, del cual se sabe qué pensaba Dante (Infierno XIX, 82-87), y por eso es difícil que Dante invoque la autoridad, aunque sea sobre cualquier otro tema.Manfredi Porena (commentada por), La Divina Commedia di Dante Alighieri - Inferno, Zanichelli reimpresión V 1968 - Canto XXVI, nota a los vv. 7-9.

El poeta aumenta la dosis diciendo que si bien quizás el castigo ya llegó, no fue solicitada ("Y si ya hubiera ocurrido, dirán que fue tarde", v. 10) y, visto que la reconoce como necesaria, espera que llegue pronto ("¡Ojalá fuera ahora, ya que ha de ser!", v. 11) porque la desventura de Florencia lo lastimará más cada vez que la edad avanza ("que más me abatirá, cuanto más me pase el tiempo", v. 12). No todos los comentadores concuerdan sobre por qué Dante espera que el castigo llegue pronto. Algunos sostienen que la desventura de Florencia, si bien ineluctable, llene a Dante de dolor, que más le será grave con el pasar del tiempo. El viejo de hecho soporta menos los dolores, se hace siempre más dispuesto al perdón y el amor por el lugar de nacimiento crece con la edad. Según otros Dante quiere en cambio decir que más el castigo tarda, tanto más se sufrirá por no haber gozado por mucho tiempo del castigo. Esta interpretación se contradice con el "¡Ojalá fuera ahora, ya que ha de ser!", que reconoce la necesidad del castigo, pero lo hace de mala gana. Es curioso que los comentadores modernos acepten más como correcta la primera hipótesis y los antiguos por la segunda; muestra como en el fondo la lectura de este pasaje mutó según nuestra sensibilidad y forma de pensar.

La fosa de los consejeros fraudulentos - vv. 13-48 thumb|250px|Alessandro Vellutello, ilustración del Canto XXVI

Los dos poetas parten de nuevo desde la orilla interna de la séptima fosa recorriendo hacia atrás el camino seguido en Infierno XXIV, 79-81: Virgilio sube la escalera "que había servido para bajar", y toma a Dante. Es decir, los dos poetas volvieron al punto del cual habían partido para ver qué había en la séptima fosa.

Siguen entonces por el solitario camino, por la ausencia de demonios y condenados, entre astillas y rocas, ayudados por las manos. Cuando llegan al puente, Dante siente un dolor tan grande por lo que ve, que todavía lo siente al momento de escribirlo, y grande a tal punto a inducirlo a frenar al ingenio para que no supere los límites de la virtud. No quiere de hecho que la influencia de los astros o la gracia divina, que le concedieron la experiencia de iniciación, se la saquen por causa de una acción suya o por un pensamiento muy intrépido. Esta nota, ahora un poco arcana, será evidente considerada a la luz de lo que sucederá después en el canto, es decir la historia de Ulises y su inteligencia, no controlada por la virtud, que lo llevó a la muerte por haber superado los límites impuestos por Dios. Dante usa una símil para describir lo que ve:

Sigue entonces otro símil para representar el hecho que cada llama se mueve encerrando a un pecador, comparación culta que está al nivel del lenguaje rico y majestuoso de todo el canto. Dante se inspira, con algunas licencias poéticas, al secuestro en el cielo del profeta Elías contado en la Biblia en el El Libro de los Reyes, que cuenta que mientras Elías y Eliseo caminaban conversando, Elías fue de improviso secuestrado en el cielo por un carro de fuego empujado por caballos de fuego, que desapareció rápidamente de la vista de su compañero. Un poco más adelante, en el mismo texto, viene narrado que algunos jóvenes comenzaron a burlarse de Eliseo, llamándolo calvo, hasta que él se giró y los maldijo en el nombre del Señor, y del bosque salieron dos osas que devoraron a 42 de los jóvenes. Aquí los versos de Dante:

Dante está mirando derecho en pie sobre el puente, de modo tan débil que si no estuviese tomado a una roca que sobresale, caería abajo sin que lo empujaran. Viéndolo así Virgilio le explica que adentro de los fuegos están los espíritus de los condenados, cada uno vestido por la llama.

No está claro cuáles condenados son castigados en esta fosa. Ellos son generalmente indicados como consejeros fraudulentos y su contrapaso consiste en el estar envueltos por lenguas de fuego, por analogía con sus mismas lenguas que fueron fuente de fraude, y escondidos dentro de las llamas del mismo modo que en vida ellos escondieron la verdad con el engaño (como dice el Apóstol Jacobo, la lengua fraudulenta es como el fuego). Igualmente, el único condenado que se encuadra en esta categoría es Guido de Montefeltro, presentado en el Canto XXVII, que se arrepiente en vano de un consejo fraudulento dado, bajo su pedido, al Papa Bonifacio VIII. Ulises y Diomedes, presentados más adelante en este canto, no son castigados por los consejos dados, sino por las obras que hicieron, y para ellos la definición de consejeros fraudulentos mal se adapta porque resulta demasiado específica.

Ulises y Diomedes - vv. 49-84 thumb|250px|Ulises en el Infierno, imaginado por William Blake. Dante entonces agradece y responde que había ya entendido y, atraído por una particular llama doble que le recuerda a Eteocles y a su hermano Polinices, le pide la explicación a Virgilio (otra cita culta sobre los dos hermanos que llegaron a matarse entre ellos por la discordia; en Estacio y en Lucano se cuenta que también las llamas de la pira sobre la que se quemaban sus cuerpos estaba dividida en dos, como si continuasen a odiarse también después de la muerte).

Virgilio le revela que allí son castigados Ulises y Diomedes, juntos en la venganza divina, dado que, pecando juntos, provocaron la ira de Dios en vida; y elenca los tres pecados por los cuales los dos se encuentran allí, es decir: El engaño del caballo de Troya, que provocando la caída de la ciudad hizo que de Troya saliese después Eneas, noble progenitor de los Romanos. El descubrimiento de Aquiles, que fue vestido de mujer por la madre Tetis y mandado a la corte de Licomedes para que no participase a la Guerra de Troya. Ulises y Diomedes, vestidos como mercantes, usaron la astucia de mostrarle espadas, descubriéndolo entre las mujeres y obligándolo a partir hacia la guerra, abandonando a la amante Deidamía que murió de dolor, y que todavía muerta se lamente del amante infiel. El robo del Paladio que protegía a Troya.

Dante se muestra extremadamente ansioso con hablar con los dos, probablemente porque en todo el Medioevo había un gran misterio sobre cual había sido el final de Ulises (Dante no conocía la Odisea porque no conocía el griego, si bien había leído algunos resúmenes mutados por escritores latinos) y llega a pedirle a Virgilio bien cinco veces en dos tercetos:

Virgilio le promete que le hará a ellos las preguntas pero solo si calla: hablará él porque ellos son griegos y quizás le sean esquivos a él por su jerga. Sobre por qué sea necesario que hable Virgilio se hicieron varias hipótesis: la más simple es que los dos hablan griego y Dante no conoce esta lengua, a diferencia de Virgilio, pero esta razón no puede ser porque si hubieran hablado en griego Dante no habría entendido y no podría decirnos que se dijo, además en el próximo canto Guido de Montefletro dirá que escuchó hablar a Virgilio en dialecto lombardo; otro hipótesis es que como era opinión común en el Medioevo que los griego fuesen un pueblo soberbio, ellos se habrían negado a hablar con una persona que no tuviese todavía excelentes méritos, de hecho la invocación sucesiva de Virgilio se enfocará justamente sobre sus obras, motivo de orgullo, expresado en el más alto lenguaje posible. En este episodio Dante reproduce su situación respecto de los griegos y en particular a su literatura: siendo que su lengua no es conocida en Italia (con pocas excepciones, quizás en Calabria) ellos "hablaban" solo a través de los autores latinos que habían traducido o sintetizado o citado sus obras.

Virgilio entonces espera que la doble llama llegue cercana al puente y se le dirige con solemnidad y altura, poniendo la cuestión principal, que leyó en el pensamiento de Dante, de saber el final de Ulises, un misterio que los autores antiguos callaban:

Dante de hecho no conocía la Odisea. Del final de Ulises, del cual callan Virgilio, Horacio, Séneca, Cicerón, se habían hecho numerosas conjeturas desde los tiempos de Servio, más vivas que nunca en el Medioevo, a la cual Dante sumó una versión suya basada sobre varios indicios, pero sobre todo original.

Historia del último viaje de Ulises - vv. 85-142 thumb|250px|Anónimo florentino, El naufragio de la barca de Ulises (1390-1400). Entonces la mayor de las dos llamas inicia a moverse como movida por el viento y por el movimiento de la cima de la lengua de fuego inician a salir las palabras.

Ulises no se presenta e inicia de inmediato a hablar de los últimos años de su vida, del adiós a la maga Circe: en este canto Dante retoma las lecciones de Ovidio cuando en Las metamorfosis XIV 436 ss. Macareo, uno de los compañeros de Ulises, cuenta a Eneas cómo abandonó a su capitán que se volvía a meter por enésima vez en el mar.