miniaturadeimagen|Escudos gremiales usados en la Alemania medieval. Cada uno muestra algún distintivo relativo a su profesión. El corporativismo es una doctrina política, económica y social surgida en Europa a mediados del como alternativa al liberalismo y al socialismo (ha sido calificado por ello como el tercer «-ismo») que proponía un modo de producción capitalista de tipo corporativo, ya que apostaba por la creación de corporaciones, inspiradas en los gremios de las sociedades preindustriales, en las que se encuadrarían empresarios y trabajadores para alcanzar la «armonía social» (en contraposición a la «lucha de clases» del marxismo). «El corporativismo perseguía la puesta en marcha de nuevos mecanismos de regulación de las relaciones laborales que eliminasen los componentes de incertidumbre y conflicto inherentes al modelo liberal, pero dejaba intactas el núcleo central de las relaciones sociales capitalistas, en particular el derecho de propiedad y la subordinación del factor trabajo al capital».
Su formulación inicial fue obra de pensadores antiliberales y tuvo su primer impulsor en la Iglesia católica, lo que dio nacimiento al catolicismo social basado en la llamada doctrina social de la Iglesia. De forma paralela e independiente, el cooperativismo protestante surgió en medios luteranos, reformados y anglicanos como respuesta a los mismos problemas sociales de la época. El corporativismo vivió su máximo auge en el periodo de entreguerras en que al corporativismo católico se sumó el «corporativismo autoritario», cuyo modelo fue el corporativismo fascista de la Italia de Mussolini y que fue aplicado por varios países europeos no democráticos, como Portugal, Austria, Alemania o España (la Organización Corporativa Nacional de la Dictadura de Primo de Rivera y la posterior Organización Sindical de la Dictadura de Franco). Surge entonces el Estado corporativo caracterizado por la «supresión de la libertad sindical, la intervención del Estado en una gran parte de los asuntos económicos y sociales, un régimen autoritario de signo tecnocrático (“social” según su terminología), y todo ello sin afectar a las divisiones sociales existentes».
Después de la Segunda Guerra Mundial el corporativismo quedó completamente desprestigiado al asociarse con los fascismos derrotados y el término adquirió un carácter peyorativo, para referirse a la defensa de intereses particulares que no tenían en cuenta si perjudicaban o no al conjunto de la sociedad (en su tercera acepción la RAE define así el corporativismo: «En un grupo o sector profesional, actitud de defensa a ultranza de la solidaridad interna y los intereses de sus miembros»). El uso neutral o positivo del término quedó limitado a las ciencias sociales e incluso en español se prefirió usar a veces en su lugar el término «corporatismo» (más cercano al inglés o al francés).
El corporativismo suele asociarse a visiones políticas promotoras de un «bien común» predeterminado en rechazo del libre mercado, como pueden serlo el conservadurismo, el fascismo, el nacionalismo o el integrismo.
Historia thumb|Miniatura medieval de un panadero y su aprendiz trabajando en el horno. La idealización de los gremios medievales está en el origen del corporativismo surgido en el .
Los gremios y las corporaciones del Antiguo Régimen fueron suprimidos por la Asamblea Nacional Constituyente de la Revolución Francesa mediante el decreto Allarde (también conocido como «Ley Allarde») de 2 de marzo de 1791, que establecía la libertad de empresa, y por la Ley Le Chapelier de 14 de junio del mismo año, que instauraba la libertad de trabajo. Respondían a la tesis sostenida por el recién nacido liberalismo económico (Adam Smith había publicado en 1776 su Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones) de que estas instituciones de origen medieval eran un obstáculo para el desarrollo económico en cuanto que impedían la libre competencia en el mercado. El exnoble Pierre d’Allarde, promotor del decreto que lleva su nombre, dijo: «El alma del comercio es la industria [la actividad productiva], el alma de la industria es la libertad». En la Ley Le Chapelier se prohibía a los ciudadanos de una misma profesión o condición «adoptar decisiones o deliberaciones, redactar reglamentos acerca de sus pretendidos intereses comunes». El resto de Estados de la Europa continental siguieron los pasos de Francia durante las primeras décadas del (en España los gremios fueron suprimidos por un decreto de las Cortes de Cádiz de 1813 que establecía la libertad de industria; abolido en 1815, el decreto fue puesto de nuevo en vigor en 1836). thumb|El obispo alemán Wilhelm Emmanuel Freiherr von Ketteler, autor de Arbeitsfrage und das Christentum ('Cuestión laboral y cristianismo'), fue uno de los impulsores iniciales del corporativismo católico. A partir de mediados del diversos pensadores católicos como E. Jörg, Burghard Freiherr von Schorlemer-Alst, Wilhelm Emmanuel Freiherr von Ketteler (autor de Arbeitsfrage und das Christentum —'Cuestión laboral y cristianismo'—), K. Vogelsang (fundador de la revista Monatschrift für christliche Sozialreform —'Mensual para la reforma social cristiana'—), Gaspard Mermillod y Leon Pierre Harmel (Manual de la corporación cristiana, 1879) comienzan a propugnar el restablecimiento de las corporaciones, renovadas, para hacer frente a los crecientes problemas sociales derivados del impacto de la Revolución Industrial. Entre ciertos sectores de la izquierda también se manifestó «la nostalgia por las antiguas corporaciones y gremios», como en el caso de Proudhon o de Lasalle. Durkheim se proclamará socialista al mismo tiempo que corporativista. «A medida que el liberalismo fue imponiendo el principio de libertad de trabajo, sus oponentes se embarcaron en la defensa de un retorno a los gremios de la época preindustrial, conocidos en muchos casos como “corporaciones”. El corporativismo suponía, por tanto, una impugnación de la idea de mercado libre de trabajo y del proceso de desregulación a que el liberalismo venía sometiendo a las relaciones laborales desde el inicio de siglo. Frente a ello, oponía una visión idealizada de la organización laboral anterior a las revoluciones, la cual concebía como un sistema aconflictivo que garantizaba la armonía social».
Entre finales del y comienzos del la ideología corporativista abandonará la evocación nostálgica del pasado para elaborar una propuesta de institucionalización de las relaciones laborales que consistía en «un esquema organizativo en dos niveles. El primero estaría conformado por los sindicatos de trabajadores y las asociaciones patronales, mientras que en el segundo se encontraría la “corporación”. En ella se reunirían los representantes de los sindicatos y las asociaciones patronales, con la finalidad de elaborar el contrato de trabajo, no en función de la ley de la oferta y la demanda, ni como resultado de presiones de las partes —huelga o cierre patronal—, sino sobre la base de criterios de interés social y nacional. Este nuevo corporativismo encontró eco en dos corrientes antiliberales muy concretas: el catolicismo social y el nacionalismo. En ambos casos su objetivo fundamental era frenar la penetración de la ideología socialista.
El corporativismo católico En 1878 el papa León XIII hacía pública la encíclica Quod apostolici muneris en la que defendía que era «oportuno favorecer las sociedades artesanas y obreras que puestas bajo la tutela de la Religión acostumbren a todos sus socios a permanecer contentos de su suerte y soportar con mérito la fatiga y a llevar siempre una vida quieta y tranquila». Seis años después nace la Unión de Friburgo que reúne a todas las tendencias del pensamiento social-católico de Alemania y que apuesta por «el régimen corporativo como medio neutralizador de antagonismo sociales». Allí se definió el corporativismo como un «sistema de organización social que tiene como su base la agrupación de hombres, de acuerdo a la comunidad de intereses naturales y funciones sociales, y como órganos verdaderos y adecuados del Estado dirigen y coordinan el trabajo y el capital en los asuntos de interés común».
El 15 de mayo de 1891 León XIII promulgó la encíclica Rerum novarum.Heywood, A. (2003). Political ideologies. An introduction. Nueva York: Macmillan, p. 89 Era una respuesta al liberalismo económico pero sobre todo a la doctrina socialista de que «una clase social sea espontáneamente enemiga de otra» propugnando en su lugar que las clases sociales «concuerden armónicamente y se ajusten entre sí» para lograr el equilibrio social. Así, la encíclica propugnaba la recuperación de las «corporaciones de artes y oficios», convenientemente adaptadas a la nueva situación. Su finalidad sería alcanzar unas relaciones «armónicas», de «cooperación», entre patronos y obreros, todo ello sin olvidar el culto colectivo a Dios en el trabajo. En la encíclica se decía que «a la solución de la cuestión obrera pueden contribuir mucho los capitalistas y los obreros mismos, con instituciones ordenadas para ofrecer oportunos auxilios a las necesidades y para acercar y unir a las dos clases entre sí». «Vemos con placer formarse por doquier tales asociaciones mixtas de obreros y patrones», decía León XIII. En la encíclica también se decía:
Con la Rerum novarum nació el corporativismo católico («reflejo humano e institucional del "orden divino", y fórmula magistral para humanizar y armonizar la nueva sociedad industrial»), también denominado «corporativismo tradicional». Aunque la encíclica «no abordaba explícitamente la cuestión del ordenamiento corporativo», «sí exponía los postulados que constituían su sustrato ideológico, particularmente una concepción organicista de la sociedad de donde se derivaba la idea de que patronos y trabajadores desarrollaban funciones complementarias, iguales en dignidad pero diferentes en naturaleza, lo que hacía necesario armonizarlos en aras del buen orden social». En España el pionero fue el sacerdote jesuita Antonio Vicent, quien en Socialismo y anarquismo (1893) definió la corporación gremial como «una asociación compuesta de personas de un mismo oficio (patronos y obreros)» que se proponen la defensa de los intereses «y el honor profesional y el bienestar moral y material de los individuos».
En 1931 el papa Pío XI publicó la encíclica Quadragesimo anno cuyas ideas principales coincidían con las expuestas por León XIII cuarenta años antes. En ella se proponía de nuevo la colaboración entre las clases sociales, como medio de superación de la «lucha de clases» propugnada por los «marxistas», por medio de la constitución de corporaciones en las que participarán armoniosamente tanto obreros como patronos de cada rama de producción. «La política social tiene que dedicarse a reconstituir las corporaciones», se decía en la encíclica. Como alternativa al liberalismo y al socialismo, Pío XI propugnaba que las corporaciones, sancionadas por la «ley natural» como «cuerpos sociales» intermedios, debían encontrar un lugar destacado en el ordenamiento jurídico-político de las naciones. Para ello postulaba una moralización de la vida económica (cristianización) por medio de la conciliación de los intereses de trabajadores y patronos, de trabajo y capital desde la máxima de «unión y colaboración». «Un camino intermedio» donde era necesario «que se conozcan y se lleven a la práctica los principios de la recta razón o de la filosofía social cristiana sobre el capital y el trabajo y su mutua coordinación», y donde «las relaciones mutuas entre ambos deben ser reguladas conforme a las leyes de la más estricta justicia, llamada conmutativa, con la ayuda de la caridad cristiana».