El rol de las mujeres indígenas en la conquista del Paraguay fue central, ya que la inserción de los conquistadores españoles en las sociedades nativas de la cuenca del Río de la Plata estuvo basada en las relaciones establecidas con ellas. En estas sociedades de carácter matrilineal, la mujer era el bien más preciado de toda la comunidad en tanto productora agrícola y reproductora de la fuerza de trabajo, y mediante el cuñadazgo —institución guaraní por la cual los caciques sellaban alianzas entregando mujeres a los recién llegados, transformándolos en cuñados o yernos— se estructuró el primer vínculo entre guaraníes y españoles. El cronista Ulrico Schmidl describió cómo los carios del asentamiento de Lambaré (posiblemente el mismo en el que se fundó Asunción) entregaron seis mujeres al capitán Juan de Ayolas —la mayor de dieciocho años— y dos a cada soldado de su tropa en señal de paz, para que les «cuidaran, cocinaran, lavaran y atendieran en otras cosas».
El abandono de la primera Buenos Aires y la concentración de la colonización española en Asunción a partir de 1541 marcó un punto de inflexión: la creciente demanda desbordó el cuñadazgo y dio paso a las rancheadas, deportaciones masivas y violentas de mujeres guaraníes que las transformaron en objetos de compra y venta, moneda corriente en transacciones comerciales y mercancía exportada al puerto portugués de São Vicente. La vida licenciosa entre colonos y mujeres indígenas fue tal que surgió el famoso apodo de «Paraíso de Mahoma» —en referencia a la poligamia del islam— para referirse a la ciudad, acuñado en una carta de denuncia de 1545 del presbítero Francisco González de Paniagua y convertido desde entonces en una perdurable figura literaria. Un caso emblemático de resistencia fue el de la India Juliana, una mujer cario que entre 1539 y 1542 envenenó a su amo español y fue ejecutada por orden de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, siendo hoy reivindicada por el feminismo paraguayo.
El mestizaje surgido de estas uniones tiene un rol central en la historiografía tradicional del Paraguay, que ubica en él los orígenes de la nación y lo presenta como un proceso armónico y consensuado. Sin embargo, los autores modernos señalan que el proceso implicó fundamentalmente una relación de explotación sexual y económica, más que de intercambio recíproco.
Historia 1537–1541: Primeros pactos entre guaraníes y españoles
Los guaraníes son los pobladores de la Región Oriental del Paraguay, del Centro-Oeste de Brasil, del nordeste argentino y de núcleos dispersos en zonas del Chaco paraguayo y boliviano. Dado que no tenían sistema de escritura, la única manera de aproximarse a las características de su vida antes de la colonia es a través de la arqueología. Los guaraníes precolombinos eran un pueblo seminómada que mezclaba la recolección y la caza con la agricultura, migrando cada vez que agotaban los recursos de un sitio. Su organización social fueron los guaras, agrupaciones territoriales en la que sus miembros vivían en abierta comunidad. También denominadas provincias por los españoles, los guaras eran regiones bien delimitadas, con rozas y zonas de caza que solo podían ser utilizadas por miembros de la comunidad. Varios autores señalan que hacia 1500, seis guaras habitaban lo que hoy es la Región Oriental del Paraguay: los carios, los tobatí, los guambaré, los itati-guaraní, los mba'everá y los paraná-guaraní. Por su parte, los jesuitas identificaron al momento de su llegada catorce grandes parcialidades: carios, tobatines, guarambarenses, itatines, mbarakayúenses, mondayenses, paranáes, ygañáenses, yguazúenses, uruguayenses, tapes, mbiazás, guairáes y chandules. El pueblo cario habitaba el área entre los ríos Manduvirá, Tebicuary y Paraguay, siendo de especial importancia las zonas del Lago Ypacaraí, el área de Quiindy y Acahay. Limitaban por el noroeste —en la región chaqueña— con otros grupos étnicos nómadas y belicosos, entre ellos los guaycurúes.
Los carios fueron la primera parcialidad guaraní en entrar en contacto con los conquistadores españoles. Las primeras expediciones españolas en establecer asentamientos en la cuenca del Río de la Plata surgieron de la creencia errónea de que era una región rica en minerales, especialmente oro y plata. La sospecha de que el Río de la Plata escondía un tesoro aún no descubierto aumentó luego de que los españoles consiguieran grandes riquezas con la captura de Atahualpa, y por los relatos de Sebastián Caboto, explorador que viajó a la región y se encontró con náufragos de la expedición anterior de Juan Díaz de Solís, quienes «confirmaron» que allí habían grandes yacimientos de oro y plata.El Jaber (2011), p. 13 Los intentos españoles de instalarse en la cuenca del Plata se iniciaron en la década de 1530, comenzando por la construcción de 1536 del fuerte de Santa María del Buen Aire (o Buenos Aires) a orillas del Río de la Plata, fundado por Pedro de Mendoza, el primer adelantado de la región. Un año más tarde, el 15 de agosto de 1537, el conquistador Juan de Salazar y Espinosa —miembro de la expedición de Mendoza— fundó el fuerte de Nuestra Señora de la Asunción en la costa del río Paraguay, en territorio cario.
A pesar de un encuentro inicial conflictivo, los españoles —con sus armas de fuego— lograron la sumisión de algunos caciques principales, estableciendo más tarde una alianza con los restantes caciques de los alrededores de Asunción. Mendoza envió a los exploradores Juan de Ayolas y Domingo Martínez de Irala a navegar río arriba por el Paraná en búsqueda de recursos, mientras que él se instaló en Buenos Aires. En 1537, al no tener noticias de Ayolas ni de Irala, Mendoza decidió regresar a España, nombrando antes de irse a Ayolas como adelantado y a Francisco Ruiz Galán como gobernador de Buenos Aires. Irala se encontraba en un puerto natural conocido como la Candelaria —a poca distancia del lugar donde se encuentra hoy el fuerte Borbón— a la espera de Ayolas, quien buscaba una ruta al Perú. Como este nunca regresó de la expedición, Irala regresó a Asunción en 1538, donde fue elegido por sus compañeros para tomar el mando ante la ausencia de Ayolas.
El pueblo cario estableció un pacto de intereses con los conquistadores, proveyéndoles alimentos y guerreros a cambio del amedrentamiento de pueblos enemigos como los payaguaes. Los caciques carios sellaron estos pactos a través de la entrega de mujeres. El explorador Ulrico Schmidl —que viajó por la cuenca del Plata entre 1534 y 1554— cuenta en sus crónicas de 1599 que los carios del asentamiento de Lambaré (posiblemente el mismo en el que se fundó Asunción) sellaron la paz con Ayolas a través de la entrega de mujeres, escribiendo en el «Capítulo XXI»:
Entre 1537 y 1541, la entrega de mujeres a los conquistadores se desarrolló bajo el marco del cuñadazgo, concepto que utilizaban los líderes guaraníes para crear pactos de paz y beneficio mutuo, ya que transformaba al receptor en cuñado o yerno. Los guaraníes estaban organizados en pequeñas comunidades de tipo familiar llamadas teii, las cuales eran de carácter matrilineal, dado que la descendencia pertenecía al linaje materno y tanto los hijos como la pareja residían en la comunidad materna, siendo el hermano de la madre la máxima autoridad familiar. Mediante el cuñadazgo —otro aspecto primordial de la cultura guaraní— la mujer vinculaba a distintos grupos de descendencia, generando así vínculos de reciprocidad y alianzas estratégicas entre los teii. Según explica la investigadora Macarena Perusset:
De hecho, dado que el trato de los españoles a los guaraníes no fue de reciprocidad sino de dominación, sus pactos iniciales pronto fueron seguidos por levantamientos indígenas, con al menos tres situaciones violentas registradas en 1538-1539, 1542-1543 y 1545-1546.
1541–1554: El auge de las rancheadas y el «paraíso de Mahoma»
En julio de 1541, Irala ordenó la evacuación del puerto de Buenos Aires y convirtió al fuerte y puerto de Asunción en el centro de la colonización española en la región del Río de la Plata. La primera mención a las mujeres indígenas en los documentos coloniales data de ese año, en cartas que el gobernador dejó para las próximas expediciones que venían de España, explicando su decisión de despoblar Buenos Aires y mudar el centro de las operaciones a Asunción. Una de ellas dice: «en el Paraguay [...] esta fundado[...] un pueblo en que estaran [...] 400 honbres [...] como vasallo de su Magestad los yndios Guaranys sy quier Caryos [...] los quales sirven a los cristianos [...] como con sus mugeres en todas las cosas del servicio necesaryas y mando para el servicio mejor de los cristianos 300 mugeres para que las sirvan en sus casas y en las rroças». Este pasaje evidencia que la presencia de 300 mujeres guaraníes en el nuevo asentamiento representaba el argumento decisivo para mudar la ciudad central de Buenos Aires a Asunción. A su vez, indica que las tareas que realizaban las indígenas en Asunción eran los trabajos domésticos y agrícolas. Tal y como nota el investigador Guillaume Candela, los españoles «después de haber sufrido hambruna y desastrosas condiciones de vidas en Buenos Aires, se alegraron muy probablemente a la idea de tener sirvientas y amantes. La mujer en este contexto aparece como un mejoramiento considerable de la vida de los conquistadores. (...) Básicamente, se presenta la india como el elemento más importante de esta sociedad en construcción ya que todo el circuito del abastecimiento de estos colonos estaba en las manos de estas mujeres».
El despoblamiento de Buenos Aires aisló a Asunción de todo centro civilizado, lo que generó un relajamiento de la moral sexual en la ciudad. Según el historiador Fabián Chamorro, para cuando los pobladores de Buenos Aires llegaron a Asunción, el asentamiento ya contaba con alrededor de 2000 mestizos fruto de las relaciones entre españoles y mujeres guaraníes. El abandono de Buenos Aires y la conversión de Asunción en ciudad en 1541 tuvo un fuerte impacto en las relaciones hispano-indígenas. A partir de ese momento, la oferta de mujeres vinculadas a los caciques regionales no pudo satisfacer las demandas de la creciente población española, provocando la desaparición del cuñadazgo para dar lugar a las rancheadas. A diferencia del cuñadazgo, las rancheadas eran violentas deportaciones masivas de mujeres guaraníes, pasando por alto la autoridad del cacique. Las rancheadas fueron «técnicas pensadas y puestas en prácticas por los conquistadores y más específicamente por los lenguas que podían conversar con las mujeres indígenas». En una carta de 1556 dirigida a la Corona, el clérigo Martín González denunciaba la práctica:
Además de ser presentadas como objetos sexuales e instrumentos de trabajo, las mujeres guaraníes también funcionaron como marcadores de poder socioeconómico, tanto para los indígenas como para los conquistadores. Ejemplo de esto es un interrogatorio indígena de 1545, en el que se hace una correlación entre mujer y poder: «preguntando a los yndios Agazes que por que davan sus mugeres a los yndios Caryos respondieron que porque dezian los yndios Caryos que ellos heran los rrezios y que les diesen a ellos sus mugeres porque a nosotros pues nos mataryan». En el interrogatorio de los lenguas o intérpretes realizado en 1543, pudo comprobarse que también estos funcionarios acumulaban mujeres como símbolo de poder: el intérprete Juan Pérez declaró poseer «22 yndias» y Francisco Rodríguez «12 yndias». El proceso de las rancheadas posibilitó la rápida transformación de las mujeres indígenas en objetos de compra y venta en el mercado de esclavos, tanto interno como externo a Asunción. El tráfico ilegal de mujeres indígenas se extendió de tal manera que las mujeres guaraníes pasaron a ser utilizadas como moneda corriente, siendo objeto de transacciones más o menos complicadas, como la posibilidad de adquisiciones de cualquier otro bien.