La Historia de la Comarca del Jiloca, comarca de Aragón (España), en el noroeste de la provincia de Teruel, situada en el Sistema Ibérico alrededor del tramo medio del río Jiloca del que recibe su nombre y cuyas capitales son las villas de Calamocha y Monreal del Campo, se puede dividir en diferentes períodos, comenzando por la Prehistoria y llegando hasta la actualidad.
Prehistoria Los restos más antiguos de la presencia humana en la comarca del Jiloca se remontan al periodo Paleolítico Inferior, con importantes talleres de piezas de sílex localizados a lo largo de las terrazas del río, sobre todo en los alrededores de Montón y Villafeliche.
El poblamiento continuó en el Neolítico, como demuestran las hachas pulimentadas y otras piezas aparecidos en las localidades de Torre los Negros, Cucalón y Navarrete. Conocían la agricultura y sabían domesticar ciertos animales, controlando y regulando su propia alimentación, haciéndola más variada y estable, aunque sin dejar completamente de cazar y recolectar frutos como actividad complementaria. Entre los restos arqueológicos que aparecen mezclados en los talleres de sílex destacan algunos elementos de hoz y ciertos útiles asociados, así como molinos barquiformes, lo que nos induce a pensar en una agricultura de tipo cerealístico. Como bien sabían estos ancestrales antepasados, el trigo y la cebada tenían la ventaja de su alto valor nutritivo y la posibilidad de almacenarlo largo tiempo sin que se estropease. Las especies de animales domésticos serían muy similares en toda Europa Occidental, la oveja, la cabra, el cerdo y el buey, utilizando a este último como animal de carga y de carne. La gran abundancia de puntas de flecha reflejaría que, aún conociendo la ganadería, la caza seguiría siendo una de sus actividades principales.
Las aldeas neolíticas se construían en las proximidades de los pozos y las fuentes, seguramente para facilitar el abastecimiento de agua potable, pero también eligiendo los emplazamientos más estratégicos, en lo alto de las muelas y próximos a las ramblas y los valles con fáciles comunicaciones. No se observa un manifiesto interés por los cultivos de regadío. El fondo de las ramblas y los cauces fluviales permanecerán vacíos, tanto de poblamiento como de cultivo intensivo, ya que presentaban numerosos problemas a causa de las irregularidades de las aguas. Las crecidas ocasionales y los desbordamientos son muy intensos, sobre todo en determinadas estaciones, e inundan constantemente las zonas más bajas, convirtiéndolas en un espacio hostil y poco apto para la ocupación humana. Las preferencias agrícolas se extendían por el secano.
Las tierras de cultivo se obtendrían quemando una parte del espeso bosque. Al cabo de algunos años, cuando las parcelas empezaban a mostrar los primeros síntomas de agotamiento, se abandonaban y se volvían a quemar otras áreas próximas, desplazándose los cultivos. No eran necesarios los fertilizantes. La naturaleza ofrecía en ese momento más recursos de los que podían controlar los escasos pobladores. No había ningún motivo para transformar una naturaleza que, a sus ojos, parecería infinita.
Durante las edades del Bronce-Hierro, a partir de finales del tercer milenio, el crecimiento de la población y la necesidad de garantizar un mayor abastecimiento de alimentos, obligaron a introducir lentas mejoras técnicas en la agricultura. Son pequeños asentamientos en alto como los hallados en los términos de Daroca, Lechón, Báguena, Torralba de los Frailes o San Martín del Río. Algunos de estos poblados de la Edad del Bronce tuvieron continuación en la I Edad del Hierro. De esta época, entre el siglo y el , se han localizados varios poblados en Villahermosa, Lechago, Daroca y Torralba de los Sisones, con restos cerámicos y alguna necrópolis de urnas.
Son yacimientos muy pobres en materiales cerámicos y con una ausencia casi total de metálicos, la mayor parte muy erosionados. Se intensifican las actividades agropecuarias y comienzan las primeras inversiones destinadas a mejorar la explotación de las tierras, despedregando los campos y construyendo bancales . Los avances tecnológicos y el descubrimiento de la metalurgia permitieron elaborar herramientas metálicas que aumentarán la capacidad de aprovechar el medio físico. La naturaleza comenzó a humanizarse transformada por el trabajo diario de los hombres. El uso del cobre y del bronce se difundió rápidamente por toda Europa.
En el caso del valle del Jiloca es presumible la existencia de herreros locales que trabajarían estos metales. Sin embargo, la creciente variedad de objetos de metal no debe ocultar el hecho de que, en numerosas poblaciones, seguían usándose útiles de sílex y de piedra tallada y pulimentada, al igual que la caza y la recolección sobrevivieron mucho tiempo a la aparición de la agricultura. Por muy abundante que hubiese llegado a ser, el metal seguía siendo caro, y para el uso cotidiano de la mayoría de la gente se seguían empleándose los útiles tradicionales elaborados en piedra.
La implantación del regadío, como destacan algunos historiadores, solo puede realizarse en sociedades que han alcanzado un mínimo desarrollo demográfico y político, ya que implicaba inevitablemente un esfuerzo colectivo por vencer a las fuerzas de la naturaleza, regulando los cauces de los ríos para impedir que sus continuas crecidas causen daños, levantando azudes, y desviando el agua a través de múltiples acequias y canales que exigen un gran trabajo humano, tanto para su construcción como para su posterior mantenimiento. Deberemos esperar al , tras la consolidación de la sociedad celtibérica, para observar como se inicia una intensa explotación de los valles ligada a la difusión del regadío.
Celtíberos A partir del , el crecimiento demográfico, el desarrollo de la metalurgia y el aumento de los intercambios comerciales bajo la influencia greco-púnica, acabarán influyendo notablemente en los pequeños pueblos y aldeas del Sistema Ibérico, hasta entonces ferozmente independientes unos de otros y cerrados a las influencias exteriores. La apertura fue progresiva. Lentamente se incorpora el torno para la cerámica, la moneda, el alfabeto y ciertas mejoras técnicas, sociales y económicas, entre otras la aparición de productos importados en los yacimientos y la popularización de las herramientas de hierro.
Esta lenta aculturación o iberización de un substrato indígena bastante cerrado en sí mismo, procedente de los poblados existentes en la Edad de Bronce, enriquecido con las aportaciones indoeuropeas de los Campos de Urnas, muy conservadores de sus peculiaridades locales, todos ellos con orígenes y costumbres centroeuropeas, dará lugar a la formación de la sociedad celtibérica. La aparición de las ciudades fue una consecuencia inevitable del desarrollo tecnológico y del aumento de la complejidad social. Y con las ciudades entraron también en escena las primeras estructuras estatales y la administración centralizada, unas características que, con las lógicas variaciones y matices, se mantendrán vigentes hasta nuestros días.
Según las fuentes clásicas (Polibio, Apiano, Tito Livio, etc.), dentro de la Celtiberia se podían distinguir varios grupos o etnias: turboletas, ólcades, lobetanos, belos y belaiscos, titos, lusones, berones, arevacos, pelendones y vacceos. La situación geográfica de estos pueblos varía en función de la interpretación que realizan los historiadores de los textos, ya que la arqueología apenas ayuda a distinguirlos. Al mantener innumerables afinidades culturales los restos apenas pueden ser singularizados. También hay que tener en cuenta su particular evolución a lo largo de la historia, lo que conllevaría la desaparición de algunos pueblos y su sustitución por otros.
Las etnias celtibéricas, a diferencia de los poblados del Bronce-Hierro I, aparecen organizadas alrededor de las ciudades, resultado de un proceso de concentración de la población en ciertos núcleos durante el y Estas ciudades-estado poseían entidad política autónoma y, desde su núcleo urbano, comenzaron a organizar y explotar económicamente un amplio territorio salpicado de numerosos asentamientos rurales. Las fuentes clásicas mencionan su existencia, y citan el nombre de algunas de ellas, una lista que ha podido ser ampliada con la documentación indígena, sobre todo por la numismática: Numancia, Segontia, Segeda, Contrebia, Uxama, Nertóbriga, etc. Sin embargo, aun siendo estas ciudades el núcleo central de una estructura estatal, la separación entre este mundo urbano y el rural circundante no es tajante. Las elites celtíberas podían residir en la ciudad o en cualquiera de las aldeas que la rodeaban. Los templos religiosos se solían localizar fuera de las ciudades, construidos a modo de santuarios en medio del campo. Tampoco se observa una división clara del trabajo entre ciudad y periferia, apareciendo numerosos artesanos en los pueblos, y barrios agrícolas en las ciudades
Según indica Francisco Burillo, los valles del Jalón y del Jiloca, incluida toda la cuenca del Pancrudo, estarían ocupados por los belos, organizados alrededor de una ciudad, Segeda, situada en Belmonte de Calatayud . Otros historiadores como Schulten a principios de siglo o P. Bosch en la postguerra situaron a los lusones en este mismo territorio, ubicando su ciudad, Contrebia Carbica, en las inmediaciones de Daroca , pero nunca se han encontrado restos arqueológicos que demuestren esta teoría.
En el término municipal de Cutanda existe un yacimiento celtíbero de carácter rural en el barranco del Hocino, próximo a la cueva del Santísimo, en donde se hallaron dos fragmentos de cerámica ibérica mezclados con materiales líticos . Sin embargo, el poblado principal se encontraría en pleno núcleo urbano de la actual villa, en el Castillo, como muestran los restos de materiales ibéricos allí localizados . Las posteriores ocupaciones y fortificaciones han provocado la completa desaparición de las huellas que pudieran dejar estos primitivos pobladores, aunque si quisiéramos hacernos una idea de su posible aspecto, no sería muy diferente del que se puede observar en El Castillejo de Lechago, un pequeño poblado en la cima de una loma rodeado de una fuerte muralla defensiva.
La sociedad celtíbera, fuertemente influenciada por la cultura ibérica, pero defensora de las costumbres y tradiciones heredadas de los antiguos pueblos celtas, se opondrá con todas sus fuerzas a la ocupación romana.
Época romana En el año 218 a.C. los ejércitos romanos desembarcaron en la costa mediterránea, en Ampurias, dirigidos por Cneo Escipion. Derrotaron en primer lugar a los cartagineses y, desde sus bases mediterráneas, penetraron en el interior peninsular, sometiendo a los pueblos indígenas, a veces mediante pactos diplomáticos, otras recurriendo a la fuerza militar. La abundancia de materias primas en la península ibérica influyó en que los grupos políticos de la propia Roma decidieran llevar a cabo una intensa ocupación del territorio, obligando a los indígenas a pagar fuertes tributos, suministrando minerales, aportando granos, etc. La voracidad de los funcionarios y su deseo de enriquecerse rápidamente a costa de los indígenas, fue la causa de una larga lista de levantamientos y represiones.
Poco a poco fueron conquistando todo el territorio peninsular. Entre el 154 y 133 a. C. se desarrollan las guerras celtibéricas. El escenario bélico se centró en el espacio comprendido entre el Jalón Medio y el alto Duero, en torno a las ciudades de Segeda, Numancia y Nertóbriga. Tras veinte años de guerra, Publio Cornelio Escipión conseguirá finalizar la guerra con la conquista de Numancia. Los pueblos indígenas, exhaustos, serán incapaces de levantar cabeza en mucho tiempo, aceptando todas las condiciones que les impusieron los romanos. Tras la derrota, los valles del Jiloca y del Pancrudo pasarán a ser dominados por los romanos.