thumb|right|Oración del Magníficat en la Iglesia de la Visitación (Ain Karim o Ein Karem, Israel), escrito en hebreo.

El Magníficat (tomado de una frase del Evangelio en latín: magnifĭcat [anĭma mea Domĭnum], «alaba [mi alma al Señor]») es un cántico y una oración cristiana que proviene del evangelio de Lucas () que también es conocido como el Cántico de María y en el rito bizantino como la Oda de la Theotokos (en griego : Ἡ ᾨδὴ τῆς Θεοτόκου, Oda de la Madre de Dios). Su nombre occidental deriva del íncipit de su texto latino. Este cántico, el más popular de todos, se utiliza en las liturgias de la Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa oriental, la Iglesia luterana y la Comunión anglicana. Reproduce las palabras que, según este evangelista, María, madre de Jesús, dirige a Dios con ocasión de su visita a su pariente Isabel (), esposa del sacerdote Zacarías. Isabel llevaba en su seno a Juan el Bautista.().

En la narración, después de que María saludase a Isabel, que está embarazada de Juan el Bautista, este se mueve dentro del vientre de Isabel. Isabel alaba a María por su fe utilizando palabras que se reflejan parcialmente en el Ave María, y María responde con lo que hoy se conoce como el Magnificat. Algunas autoridades antiguas atribuyen el Magnificat a Isabel, en lugar de a María.

Según la tradición, el encuentro de María e Isabel habría tenido lugar en Ain Karim (también conocida como Ein Karem), pequeña población situada siete kilómetros al oeste de Jerusalén, en la montaña de Judea, cuyo nombre significa «fuente del viñedo». El pasaje bíblico fue motivo de minuciosos análisis por parte de biblistas y exégetas, así como de comentarios en variados documentos de la Iglesia.

El Magnificat es uno de los ocho himnos cristianos más antiguos y quizás el himno mariano más antiguo. En todo el cristianismo, el cántico se recita con mayor frecuencia en la Liturgia de las Horas. En el cristianismo occidental, el Magnificat se canta o recita con mayor frecuencia durante el servicio principal de oración vespertina: Vísperas en las iglesias católica y luterana, y Oración vespertina (o Evensong) en el Anglicanismo. La forma tradicional se encuentra en el Libro de Oración Común (1662) y en Culto Común, así como el Libro de Oración Común (1928) y el Libro de Oración Común (1979) de la Iglesia episcopal en los Estados Unidos. En el cristianismo oriental, el Magnificat siempre se canta en maitines. El Magnificat también puede cantarse durante los servicios religiosos, especialmente en la temporada de Adviento, durante la cual se leen tradicionalmente estos versículos.

Dentro de la Liturgia de las Horas, el «Magníficat» es el canto evangélico empleado en el rezo de las vísperas. Este cántico es hoy uno de los pasajes bíblicos más famosos relacionados con María, madre de Jesús, reconocido en el cristianismo como una síntesis del ideario que ella vivió. Contexto El Magnificat de María, que solo aparece en el Evangelio de Lucas, es uno de los cuatro himnos, extraídos de una colección de cánticos judeocristianos primitivos, que complementan el tema del cumplimiento de la promesa de la narrativa de la infancia de Lucas. Estas canciones son el Magnificat de María; el Benedictus de Zacarías (1:67-79); el Gloria in excelsis Deo de los ángeles (2:13-14); y el de Simeón (2:28-32). En forma y contenido, estos cuatro cánticos siguen el modelo de los «himnos de alabanza» del Salterio de Israel. En cuanto a su estructura, estas canciones reflejan las composiciones de la himnología judía contemporánea precristiana. La primera estrofa muestra gráficamente una característica de la poesía hebrea, el paralelismo sinónimo, al atribuir la alabanza a Dios: «mi alma» refleja «mi espíritu»; «proclama la grandeza» con «ha encontrado alegría»; «del Señor» con «en Dios mi Salvador». El equilibrio de las dos primeras líneas estalla en un doble «Magnificat» que proclama la grandeza de Dios y encuentra deleite en Él. La tercera estrofa vuelve a mostrar paralelismo, pero en este caso, tres paralelismos contrastantes: los orgullosos son invertidos por los humildes, los poderosos por los de baja condición y los ricos por los hambrientos.

Aunque existe cierto debate académico sobre si la María histórica proclamó realmente este cántico, Lucas la retrata como la intérprete de esta canción de reversiones y la intérprete de los acontecimientos contemporáneos que estaban teniendo lugar. María simboliza tanto al antiguo Israel como a la comunidad de fe lucana como autora/cantante del Magnificat. Adolf von Harnack argumentó en 1900 que Lucas 1:46 debería leerse como «Y Elisabet dijo...», de acuerdo con varias lecturas antiguas. Jeffrey Kloha señala que «pocos comentarios y ninguna edición del Nuevo Testamento griego producida en el último medio siglo coinciden con su juicio», aunque mantiene que hay argumentos para aceptar la atribución a Isabel.

El cántico se hace eco de varios pasajes bíblicos, pero las alusiones más pronunciadas son a la Canción de Ana, de los Libros de Samuel (). Los ecos bíblicos de la Torá, los Profetas y los Escritos complementan las principales alusiones al «magníficat de alegría» de Ana. Junto con el Benedictus, así como varios cánticos del Antiguo Testamento, el «Magnificat» se incluye en el Libro de las Odas, una antigua colección litúrgica que se encuentra en algunos manuscritos de la Septuaginta.

Al igual que con otros cánticos y salmos, la tradición litúrgica occidental suele añadir la doxología conocida como Gloria Patri al final del Magnificat. Esto no se encuentra en el texto original.

Estructura En un estilo que recuerda a la poesía y los cánticos del Antiguo Testamento, María alaba al Señor siguiendo esta estructura:

María se regocija por tener el privilegio de dar a luz al Mesías prometido (). Glorifica a Dios por su poder, santidad y misericordia (). María espera con ilusión que Dios transforme el mundo a través del Mesías. Los orgullosos serán humillados y los humildes serán exaltados; los hambrientos serán alimentados y los ricos se quedarán sin nada (). María exalta a Dios porque Él ha sido fiel a Su promesa a Abraham (; véase la promesa de Dios a Abraham en ).

Autor Sobre si el pasaje es atribuible a María o a Isabel La respuesta hoy día es segura: no existe ningún argumento serio contra la unanimidad de la traducción manuscrita, que lo pone en labios de María, madre de Jesús. Si bien algunos manuscritos de la VL leen aquí «e Isabel dijo», los manuscritos griegos atribuyen el cántico a María.

Los exégetas se han cuestionado si se trata de una obra personal de María, o si habría que atribuir su composición a un judío-cristiano de mayor cultura. En esencia, el cántico no contiene nada que supere la formación religiosa de una joven hebrea inteligente, reflexiva, conocedora de la historia de su pueblo, asidua oyente de las lecciones de la sinagoga. Si bien se pueden admitir algunos toques de redacción del evangelista, la autoría intelectual del cántico se atribuye casi unánimemente a María, la madre de Jesús.

Sobre si el «Magníficat» se sitúa en ese preciso contexto histórico La mayoría de los autores cristianos responden afirmativamente. El cántico responde perfectamente al misterio que, según el evangelio, llevaba María desde la anunciación y concepción, y al momento en que Isabel, inspirada, dice: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre» . María le canta a Dios lo que ella lleva en su alma, y delante de su pariente Isabel, a quien Dios mismo le reveló el misterio.

Sobre la originalidad del Magnificat El «Magníficat» se ubica dentro del género literario común a todos los himnos o salmos de acción de gracias. La originalidad hay que ponerla en la asimilación personal de María de las grandes ideas bíblicas: la misericordia de Dios, la preferencia de Dios por los pobres y humildes, su poder, su santidad y su fidelidad, y las promesas que Él hizo a nuestros padres, los patriarcas.

Desde la perspectiva cristiana

Partes constitutivas del «Magníficat» En el cántico (Lucas 1, 46-55) se observan tres partes bien marcadas: (A) Alabanza de María a Dios por la elección que hizo de ella (versículos 46 a 50). (B) Reconocimiento de la providencia de Dios en el mundo (versículos 51 a 53). (C) Con esta obra, Dios cumple las promesas hechas a nuestros padres (versículos 54-55).

(A) Alabanza de María a Dios por la elección que hizo de ella

En el evangelio de Lucas, María comienza por «proclamar», es decir, «anunciar» la grandeza de Dios. El gozo de María, su alegría, es «en Dios, mi Salvador». Esto no sólo implica que Dios libera de algún mal, sino que significa también la concesión de tantos bienes y bendiciones, empezando por el bien de la vida. Ese Dios salvador es el Dios que ella lleva en su seno, y que se llamará Jesús (Yehoshúa), es decir «Yahvé salva». María atribuye esta obra a la pura bondad de Dios, quien se fijó en «la humildad de su esclava», es decir, en «la pequeñez de su servidora». El cántico no alude a la virtud de la humildad, sino a una persona de condición social desapercibida, residente de un villorrio desconocido. No escogió como Madre del Mesías a una mujer «triunfadora», a una reina, o a una mujer socialmente victoriosa o espléndida, sino a una «sierva» ignorada.

La profecía de María En el momento culminante del «Magníficat», el pasaje evangélico presenta a María profetizando: «todas las generaciones me llamarán bienaventurada». Castán Lacoma señala que, para que todos constaten si lo que ella dice es una exageración o no, para que todos analicen si se trata de una obra de Dios o una mera construcción humana, María profetizó algo que, humanamente hablando, parecía imposible: su exaltación eterna, generación tras generación.

Dice un autor contemporáneo:

Para tomar una dimensión aún más precisa, dadas las diferencias sociales existentes entre varones y mujeres en el , se podría comparar la exaltación de María con la de la mujer más poderosa de su época, probablemente Livia Drusila (57 a. C. — 29 d. C.), tercera esposa de Augusto y emperatriz romana, deificada por Claudio, y preguntar quién de las dos ha sido más conocida y reverenciada a través de los tiempos.

A través de la historia se presentaron numerosas profecías, la mayoría de ellas oscuras y difíciles de desentrañar. Dijo Castán Lacoma: «La profecía de María, madre de Jesús, ha sido de cumplimiento evidente y constante después de tantos siglos, como ha sido clara y concreta su formulación».

(B) Reconocimiento de la providencia de Dios en el mundo thumb|200px|La Iglesia de la Visitación, que según la tradición ocupa el lugar de la casa de Isabel, donde María la habría visitado (Ain Karim o Ein Kerem, Israel)

Cabe plantearse quiénes son los pobres y humildes y quiénes son los ricos y poderosos. En la terminología bíblica, pobres y humildes son los que ponen su confianza en Dios, los que necesitan de Dios, porque no tienen el dinero y el poder en quienes confiar. Ricos son los que se bastan a sí mismos. Los salmos utilizan con frecuencia el término «soberbio» para designar a ricos y poderosos. Pues la riqueza no es solamente una forma de dominio, sino también un medio de dominación y un pretexto para el orgullo.

Cabodevilla se pregunta por qué el Dios al que canta María prefiere al pobre antes que al rico. ¿Acaso el pobre es bueno? No necesariamente. Dios prefiere al pobre, no «por ser bueno», sino «por ser pobre». El rico, según la Biblia, sólo confía en sí, piensa y habla soberbiamente, practica el engaño y la calumnia, condena al pobre, declara culpable al inocente, se vuelve contra Dios y lo desprecia, en su corazón dice que no existe o que Dios no se ocupa de los humanos y que podemos hacer lo que queramos sin que Dios nos vea. El pobre según la Biblia no maldice ni envidia; se vuelve siempre a Dios y su esperanza nunca le falla.

(C) Con esta obra, Dios cumple las promesas hechas a nuestros padres