La Segunda República checoslovaca (en checo: Druhá československá republika; en eslovaco: Druhá česko-slovenská republika) oficialmente la República Checo-Eslovaca (en checo: Česko-Slovenská republika) existió durante 169 días, entre el 30 de septiembre de 1938 y el 15 de marzo de 1939. Se componía de las regiones históricas de Bohemia, Moravia y Silesia y de las autónomas de Eslovaquia y la Rutenia subcarpática.
La Segunda República resultó de los Acuerdos de Múnich, que forzaron a Checoslovaquia a ceder la región de los Sudetes a la Alemania Nazi debido a que una parte importante de la población era de origen alemán, así como partes de Eslovaquia y la Rutenia subcarpática al Reino de Hungría. Firmados los acuerdos, Alemania dejó claro que la república era un estado clientelar. Así, los checoslovacos trataron de ganarse el favor de los alemanes ilegalizando el Partido Comunista de Checoslovaquia, expulsando a todos los profesores judíos de los centros educativos y aprobando una ley que permitía al Estado hacerse con las compañías judías. Además, el Gobierno permitió que el control de los bancos fuera compartido con Alemania.
La disolución de la república se produjo con la invasión alemana del 15 de marzo de 1939, que conllevó la adhesión del territorio al Protectorado de Bohemia y Moravia. Ese mismo día, el Gobierno alemán designó al presidente de Checoslovaquia, Emil Hácha, como líder del protectorado, cargo que ocupó a lo largo de la Segunda Guerra Mundial.
Los Acuerdos de Múnich, las cesiones territoriales y la seguridad
Cuatro grandes potencias europeas, Alemania, Francia, el Reino Unido e Italia, firmaron los Acuerdos de Múnich el 29 de septiembre de 1938. El Gobierno checoslovaco decidió no presentarlos a las Cortes, paso necesario para su aprobación oficial de acuerdo a la Constitución. Aunque esto no tuvo consecuencias prácticas en cuanto a su aplicación, fue un gesto para indicar que la situación surgida del pacto de las grandes potencias se consideraba temporal. De todas formas, el pacto muniqués supuso eliminación de Checoslovaquia como rival centroeuropeo de Alemania y el reconocimiento tácito de franceses y británicos de la primacía alemana en el centro del continente.
Uno de los puntos principales del pacto bávaro para los checoslovacos era la promesa de que británicos y franceses de otorgar a Checoslovaquia una garantía de protección del nuevo territorio de la república, que también suscribirían Alemania e Italia cuando hubiesen quedado resueltas las desavenencias con Polonia y Hungría por las minorías respectivas. Si bien británicos e italianos se mostraron dispuestos a conceder la garantía prometida, Alemania evitó todo compromiso y Francia trató de postergar su participación en el nuevo sistema de seguridad checoslovaco.
Tras la aceptación del ultimátum muniqués, el Gobierno del general Syrový tuvo que ceder 1.700 km² de Silesia a Polonia, un territorio con población polaca pero también con 135.000 habitantes checos.
El 2 de noviembre, por el Primer arbitraje de Viena, Checoslovaquia cedió otros 10.309 kilómetros cuadrados, esta vez a Hungría, que poblaban 853.670 personas (503.980 magiares, 26.157 judíos y 272.145 eslovacos). Esta nueva cesión territorial tampoco acabó con las minorías en esta zona: en Eslovaquia aún quedaron 57 913 húngaros y en Hungría la minoría eslovaca pasó de las 180 000 personas a las 352 145.
Para tratar de obtener la garantía alemana, los checoslovacos aceptaron el 10 de noviembre la cesión de nuevos territorios a Alemania que, sin embargo, se negó a concederla. En total, Checoslovaquia perdió en torno a un 30% de su antiguo territorio. La extensión de la república se redujo a 99.579 km². La población pasó de los 14.792.000 a los 9.807.000 de habitantes. Bohemia perdió el 37% de su población y Moravia, el 34,6%. De los aproximadamente cinco millones de habitantes perdidos, 1.161.616 eran checos y eslovacos y 2 853 838 eran alemanes. En la república aún quedaron 8.527.154 checos y eslovacos, 512.289 rutenos, 387.880 alemanes, 10.379 magiares, 4.157 polacos y 126.310 judíos.
Tras la firma del protocolo berlinés que puso fin a las transferencias de territorios, los checoslovacos volvieron a solicitar a las cuatro potencias que habían rubricado el pacto muniqués que deseaban recibir la garantía de protección de las nuevas fronteras. Alemania rehusó hacerlo indicando que el trazado de la frontera no guardaba relación alguna con el otorgamiento de una garantía para esta. A finales de noviembre, en la conversaciones francobritánicas que se celebraron en París, los británicos trataron de modificar la garantía fronteriza: según estos, solo debía aplicarse si tres de las cuatro potencias así lo decidían, lo que, como subrayaron los representantes franceses, suponía invalidarla, porque en caso de agresión alemana Francia y el Reino Unido no podrían contar con la colaboración de Italia, aliada al agresor. Para finales de año, tanto británicos como franceses trataban de retrasar todo lo posible cumplir su promesa de septiembre, alegando la imposibilidad de proteger a la nueva república y el posible riesgo de enfrentamiento con Alemania que conllevaba. Italia, por su parte, no deseaba comprometerse sin contar con el acuerdo de Berlín, que se negaba a firmar una garantía conjunta y deseaba que Praga se limitase a depender de ella. Los intentos checoslovacos de acelerar la implantación del nuevo acuerdo de seguridad gracias a la intervención del Gobierno romano fueron infructuosos.
La creciente tirantez en las relaciones polaco-alemanas, preludio de la guerra que acabó estallando en septiembre de 1939, hizo que los mandatarios alemanes se inclinasen cada vez más por la eliminación completa de Checoslovaquia, que podía suponer una amenaza militar. En una visita de Hitler al sur de Bohemia el 20 de octubre, este expresó su deseo de incorporar tanto Bohemia como Moravia a Alemania. Al día siguiente, ordenó al Ejército preparar un plan de liquidación de Checoslovaquia, para poder aplicarlo en caso necesario.
Debilitamiento militar Los Acuerdos de Múnich trazaron una nueva frontera que no acabó con las minorías: en las tierras cedidas a Alemania había territorios puramente checos. El trazado se realizó de manera que las defensas checoslovacas quedaron desmanteladas y la región occidental de la república quedó a merced de las fuerzas alemanas, que podían ocuparla en cualquier momento. Los checoslovacos no solo perdieron la línea de fortificación fronterizas, sino también el control de las líneas de comunicaciones este-oeste. El 25 de noviembre, un día después de que la república se aviniese a la construcción de una autopista extraterritorial entre Breslavia y Viena, se acordó una nueva frontera aún más favorable a Alemania que la trazada el 5 de octubre.
Por insistencia alemana, la república redujo las Fuerzas Armadas: licenció a los reclutas de cultura alemana, destituyó al jefe del Estado Mayor, redujo en número de oficiales y suboficiales y se preparó para recortar el número de divisiones de veinticuatro a catorce. El 25 de enero, el Gobierno concedió permiso a los alemanes para que sus unidades militares empleasen las líneas férreas checoslovacas.Las pérdidas territoriales checoslovacas y las fronteras de la nueva república federal checo-eslovaca.|upright=2|miniatura Política exterior Checoslovaquia abandonó toda iniciativa en política exterior y se centró únicamente en mantener buenas relaciones con Alemania y en obtener las garantías que se le habían prometido en los Acuerdos de Múnich. Los intentos checoslovacos de forjar nuevas alianzas y de conservar al tiempo buenas relaciones con Francia y el Reino Unido fracasaron: los aliados del Reich no se mostraron interesados en mejorar las relaciones con la nueva república y el prestigio de franceses y británicos se había desvanecido por su actuación en la crisis de Múnich. Los esfuerzos checoslovacos por aplacar a Alemania tampoco fructificaron: la dimisión de Edvard Beneš resultó inútil y el mismo día de su cese los alemanes obtuvieron nuevos territorios de la república.
La dirección de la política exterior del país quedó en manos de un oportunista, el nuevo ministro František Chvalkovský, que había establecido buenas relaciones con los italianos que pensaba podría emplear para mejorar las relaciones con Alemania. Antiguo embajador en Roma y Berlín, se lo consideraba filogermano. De inmediato tras conocer su nombramiento, cuando aún se hallaba en Roma, Chvalkovský solicitó una entrevista con Ribbentrop y con Hitler, que obtuvo. El nuevo ministro de Asuntos Exteriores aseguró a los alemanes que Checoslovaquia no tenía nada en común con Francia y que se disponía a mudar por completo la política exterior de la república. Las entrevistas tuvieron lugar el 13 y 14 de octubre; los alemanes quedaron satisfechos con la actitud de Chvalkovský, pero no hicieron concesión alguna y amenazaron con eliminar Checoslovaquia si percibían cualquier acto hostil de esta.
A mediados de diciembre de 1938 los franceses trataron de realizar un acercamiento a los checoslovacos que, escarmentados por la crisis de septiembre, lo rechazaron de plano. En noviembre se anuló la misión militar francesa, que había llegado a Checoslovaquia en 1919. El mismo mes, los franceses vendieron sus participaciones en la importante empresa armamentística Škoda, que habían adquirido en 1919, a un consorcio checoslovaco, alegando que no deseaban participar ya en una empresa que producía armas para Alemania. Los checoslovacos habían tratado de vender sus existencias de armamento pesado a Francia, el Reino Unido y Rumanía, para evitar que cayese en manos alemanas, aunque tanto británicos como franceses mostraron escaso interés por adquirir las armas, convencidos de que la guerra no estallaría hasta 1941.
El mes anterior, una delegación polaca acudió a Praga para tratar de mejorar la relación entre los dos países, objetivo importante para los polacos, que ya consideraban inevitable un conflicto con Alemania; la misión fracasó. Las relaciones con la Unión Soviética también empeoraron y Chvalkovský evitaba reunirse con el embajador soviético.
Las decisiones de política exterior quedaron en manos de una reducida camarilla, formada por el presidente del Gobierno Rudolf Beran, Chvalkovský y Jiří Havelka, ministro y hombre de confianza del presidente de la república Emil Hácha. Ni el Consejo de Ministros ni el Parlamento trataron los asuntos exteriores, por temor a que los debates se filtrasen a Alemania. Por su parte, los ministros eslovacos llevaban a cabo sus propias relaciones exteriores, sin contar con el Gobierno de Praga. Estos intentaron influir la política exterior de la república sin éxito, tratando de abrogar el tratado de alianza con la Unión Soviética y criticando la Sociedad de Naciones.
En noviembre, Alemania reclamó nuevos territorios.
Democracia y autoritarismo El 6 de octubre, el presidente Edvard Beneš dimitió, acto que dio comienzo al proceso de desaparición de la primera República checoslovaca y al surgimiento de la segunda, federal. Tres días más tarde, el nuevo ministro para Eslovaquia, Josef Tiso, prohibió en esta el partido comunista. Pocos días después lo fue también en la Rutenia subcarpática; en Bohemia y Moravia, el partido comenzó a pasar a la clandestinidad el 20 de octubre.
La presión extranjera impelió al abandono del sistema democrático y a la implantación de un modelo de gobierno autoritario, primero de manera lenta y, a partir de principios de 1939, a mayor velocidad. El 28 de diciembre de 1938 se prohibió el partido comunista y se expulsó a los diputados y senadores del partido de las Cámaras. El Ayuntamiento de Praga, núcleo de los partidarios del antiguo presidente Edvard Beneš, detestados por los alemanes, fue disuelto. Con cierta renuencia, se aprobaron algunas medidas antisemitas, para complacer a Alemania.