La invasión italiana de Etiopía, también llamada segunda guerra italo-etíope, fue un conflicto armado de siete meses de duración, que se libró entre octubre de 1935 y mayo de 1936. Es vista como una muestra de la política expansionista que caracterizó a las Potencias del Eje y de la ineficiencia de la Sociedad de Naciones antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

El 3 de octubre de 1935, cien mil soldados del Ejército italiano comandados por el mariscal Emilio De Bono atacaron desde Eritrea (en ese entonces posesión colonial italiana) sin declaración previa de guerra. Al mismo tiempo una fuerza menor al mando del general Rodolfo Graziani atacó desde la Somalia Italiana. El 6 de octubre, fue conquistada Adua, un lugar simbólico para el ejército italiano. En dicho lugar, las tropas italianas habían sido derrotadas en la Primera Guerra Italo-Etíope el año 1896. El 15 de octubre, las tropas italianas se apoderaron de Aksum, y el obelisco que adornaba la ciudad fue arrancado de su sitio y enviado a Roma para ser colocado simbólicamente frente al edificio del Ministerio de Colonias creado por el régimen fascista.

Exasperado por el lento y precavido avance de De Bono, Mussolini colocó al general Pietro Badoglio en su lugar. Las fuerzas etíopes atacaron al ejército invasor recién llegado y lanzaron un contraataque en diciembre de 1935, pero su ejército, rudimentariamente armado, no pudo oponer mucha resistencia contra las armas modernas de los italianos. Cabe indicar que incluso el servicio de comunicaciones de las fuerzas etíopes dependía de mensajeros a pie, pues no disponían de aparatos de radio. Con ello les bastaba a los italianos imponer un estrecho cerco a destacamentos etíopes para dejarlos totalmente ignorantes sobre los movimientos de su propio ejército. La contraofensiva etíope logró detener el avance italiano por algunas semanas, pero la superioridad del invasor en calidad de armamento (particularmente artillería pesada y aviación) impidió a los etíopes aprovechar sus éxitos iniciales.

Badoglio también empleó gas mostaza en bombardeos aéreos, infringiendo las Convenciones de Ginebra: no solamente se usó este gas contra los combatientes, sino también contra los civiles en un intento de desanimar al pueblo etíope. Además, se informó de ataques italianos deliberados contra ambulancias y hospitales de la Cruz Roja. Los italianos retomaron la ofensiva a principios de marzo. El 29 de marzo de 1936, Graziani bombardeó la ciudad de Harar y dos días después los italianos consiguieron una gran victoria en la batalla de Maychew, la cual anuló toda posible resistencia organizada de los etíopes. El emperador Haile Selassie se vio forzado a escapar al exilio el 2 de mayo, y las fuerzas de Badoglio llegaron a la capital Adís Abeba el 5 de mayo.

Italia anexionó oficialmente el territorio de Etiopía el 7 de mayo y el rey italiano Víctor Manuel III fue proclamado emperador de Etiopía. Las provincias de Eritrea, Somalilandia Italiana y Abisinia (Etiopía) fueron unidas para formar la provincia italiana de África del Este.

Situación Estado del África oriental miniatura|upright=1.5|El Cuerno de África en 1934. El mapa muestra la ubicación de Walwal, donde le verificó el choque que sirvió de justificación de la invasión italiana de Abisinia/Etiopía. El área del Cuerno de África había sido, a partir del 1882, la zona donde había comenzado a aplicarse la política colonial del Reino de Italia; la primera fase de la expansión colonial concluyó con la desastrosa guerra de Abisinia y la derrota de las fuerzas italianas en la batalla de Adua, el 1 de marzo de 1896, infligida por el ejército etíope del negus Menelik II. Durante los años posteriores, la Italia liberal abandonó sus planes de expansión en la zona y se limitó a administrar las pequeñas posesiones que conservaba en ella: la colonia de Eritrea y el protectorado (luego colonia) de la Somalia italiana. Hasta los años treinta del siglo , estos territorios no volvieron a ser objeto de debate público, y el interés sobre ellos se circunscribió a los solos círculos coloniales y a las sociedades de exploradores; las relaciones económicas y diplomáticas italo-etíopes fueron estables durante estas décadas.

Durante los años anteriores a 1925, el interés italiano sobre Etiopía fue primordialmente diplomático, pero tan constante que atrajo la atención de los Gobiernos de Adís Abeba, Londres y París: de hecho, las ambiciones de Roma en la zona no habían desaparecido. Relevante fue en tal sentido la política periférica del gobernador de Eritrea Jacopo Gasparini, centrada en la explotación del Teseney y a la colaboración con los jefes de Tigray en contra de Etiopía. También tuvo gran relieve la represión de Cesare Maria de Vecchi en Somalia, que llevó a la ocupación de la fértil Jubalandia y, según la retórica fascista de dominación directa, la «reconquista» de toda Somalia con el cese, en 1928, de la colaboración entre los colonos y los jefes tradicionales somalíes. La firma del pacto secreto italo-británico del 14 de diciembre de 1925 debería haber reforzado el dominio italiano en la región: Londres reconocía que la zona de la alta Etiopía era de interés puramente italiano y admitía la legitimidad de la solicitud italiana para construir un ferrocarril que conectara Somalia y Eritrea. Pese a que los firmantes hubiesen deseado mantener la discreción del acuerdo, este se difundió por Londres y causó la irritación de los gobiernos francés y etíope; este último lo denunció incluso como un golpe a traición a un país que ya era a todos los efectos miembro de la Sociedad de Naciones.

Pese a que ya en 1925 Benito Mussolini sopesaba agredir a Etiopía, solo en noviembre de 1932 se decidió finalmente a hacerlo; encargó al ministro de las Colonias Emilio de Bono que preparase el plan de campaña contra el país africano. En primer lugar, se movilizó el aparato propagandístico fascista para hacer que el país recuperase el interés en las cuestiones coloniales en previsión de la intervención militar. Con vistas a la celebración de la «década de la revolución», se añadieron dos temas fundamentales a la propaganda: el «mito del Duce» y la idea de la «Nueva Italia». Se alentó la publicación de obras coloniales con el propósito de magnificar las hazañas alcanzadas durante la década fascista, al tiempo que se filtraba en ellas el programa imperialista gubernamental, como la indicación del subsecretario de Colonias Alessandro Lessona, que indicó en una de ellas: «la Italia mussoliniana ha encontrado de nuevo en África la vía de su transformación». Sobre la expansión colonial, el Ministerio de las Colonias organizó muestras comerciales, exposiciones etnográficas, manifestaciones políticas y en el debate público intervinieron historiadores, expertos coloniales, juristas, antropólogos y exploradores como Lidio Cipriani, que publicó algunos estudios con el objetivo de demostrar «la inferioridad mental de los negros» y la aptitud de los italianos para adaptarse a los climas tropicales africanos.

La imposición de la guerra Salvo alguna voz aislada, la propaganda colonial fue inspirada por el régimen; se proponía preparar al país para la gloria, pero también para el sacrificio, que conllevaría el imperio anunciado por Mussolini en el «discurso de la Ascensión» del 26 de mayo de 1927. Detrás a esta campaña propagandística no había nada concreto: únicamente con la redacción, el 27 de agosto de 1932, del largo Informe sobre Etiopía del embajador Raffaele Guariglia se perfiló una política precisa que tenía por objetivo acabar la vaga amistad con Adís Abeba, fortalecer los efectivos militares en Eritrea y Somalia y, a continuación, emplear la fuerza contra los etíopes. El documento afirmaba: «si queremos dotar al país de una expansión colonial o, por usar una expresión más elevada, crear un verdadero imperio colonial italiano, no podemos intentar hacerlo de otro modo que marchando a Etiopía»; advertía, no obstante, toda campaña militar debía contar con el beneplácito de Francia y del Reino Unido. El documento fue examinado largamente por Mussolini antes de que este autorizara en noviembre a De Bono a emprender los estudios de los preparativos militares. Este aprovechó la gran ocasión que se le ofrecía: obtuvo permiso para marchar a Eritrea para informar sobre la situación; al principio se mostró cauto y prudente, pero probablemente por miedo a que otros le arrebatasen el control del proyecto, en los meses siguientes cambió de actitud y comenzó a sopesar la conveniencia de una guerra preventiva, que primeramente había descartado a causa de la precaria situación de las infraestructuras portuarias y viarias de la región y del enorme coste que comportaba, además de los eventuales roces diplomáticos que pudiese suscitar con Francia y el Reino Unido.

El interés italiano por la región, que databa de la década de 1860 y se había visto frustrado por la grave derrota en la batalla de Adowa en 1896, había resurgido a finales de 1933 como contrapeso a los contratiempos internos en Italia (caída de los precios de los productos agrícolas, reducción de la producción industrial y aumento del paro). Mussolini esperaba que la expansión colonial acrecentase el prestigio italiano. Los estrechos lazos económicos entre Italia y Etiopía allanaban los planes expansionistas italianos, al principio muy vagos. El rearme alemán en Europa, sin embargo, apremió al mandatario italiano que, a mediados de 1934, comenzó a agrandar las fuerzas italianas destinadas en las regiones fronterizas y a buscar una justificación que permitiese extender la influencia italiana en la zona.

De consuno con el coronel Luigi Cubeddu, jefe de las tropas destinadas en Eritrea, De Bono preparó en poco tiempo el plan de ofensiva contra Etiopía, que preveía el empleo contra el ejército abisinio (compuesto por entre doscientos y trescientos mil soldados) de un ejército conjunto formado por sesenta mil eritreos y treinta y cinco mil italianos, completado con una brigada aérea. De Bono fiaba el éxito de la empresa a la velocidad: esperaba poder ocupar la región de Tigré antes de que el grueso del ejército enemigo se hubiera movilizado, al tiempo que asignaba a Somalia fuerzas menores, calculadas en aproximadamente diez mil somalíes y entre diez y doce mil libios, ya que el ataque hacia el sur, en dirección a Adís Abeba, tendría carácter meramente de distracción. Según el historiador Giorgio Rochat, el proyecto de De Bono revelaba una organización muy somera, imputable en parte a la importancia política que el general italiano quiso dar a la empresa, por lo que minimizó los riesgos, los costos y subestimó al enemigo y la preparación necesaria, con la intención clara de complacer los deseos del Duce de favorecer una política agresiva y rápida, y en parte al aspecto de típica guerra colonial que De Bono dio a la campaña, hecha de conquistas graduales, con fuerzas limitadas y empleo de tropas reclutadas sobre el terreno. El único punto del plan considerado equilibrado era el que reconocía la importancia de alcanzar un acuerdo previo con Francia y el Reino Unido, pero De Bono también en esto no dio importancia al tiempo necesario para la diplomacia y redujo en un mes el intervalo entre la decisión política de invadir Etiopía y el comienzo de la ofensiva militar que, sin embargo, habría requerido más tiempo a causa de las limitadas posibilidades del puerto de Massawa y de la insuficiencia de la red de carreteras eritrea.