miniaturadeimagen|derecha|300px|Alcance del Califato Omeya en la península ibérica hacia el año 718. La historia de al-Ándalus, la sociedad islámica que se formó en la península ibérica en la Edad Media, se inicia con la conquista musulmana de la península ibérica, que los musulmanes llamaron al-Ándalus y que se integró inicialmente en la provincia norteafricana del Califato omeya. En el año 756 se convirtió en el Emirato de Córdoba y posteriormente en el año 929 en el Califato de Córdoba, independiente del califato abasí. Con la disolución del Califato de Córdoba en 1031, el territorio se dividió en los primeros reinos de taifas, periodo al que sucedió la etapa de los almorávides (y los segundos reinos de taifas) y la etapa de los almohades (y los terceros reinos de taifas). Con el avance de los reinos y condados cristianos de las montañas del norte peninsular (en la llamada «Reconquista», un término cuestionado por gran parte de la historiografía actual) el territorio de al-Ándalus se fue reduciendo, hasta que la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492 puso fin al último estado musulmán peninsular (el reino nazarí de Granada). Mientras que una parte de los andalusíes emigró al norte de África, la mayoría quedó bajo el dominio de sus nuevos señores cristianos, convertidos en «mudéjares», hasta que a principios del fueron obligados a convertirse al cristianismo. En 1609 estos «moriscos» fueron expulsados por orden del rey Felipe III.

La arabista española Maribel Fierro ha señalado que la compleja historia de al-Ándalus, que «tiene un lugar relevante en la historia y la cultura universales», viene «determinada en gran medida, por la situación geográfica: periferia occidental del mundo islámico, frontera con la cristiandad latina, ambivalente relación con la otra orilla del Estrecho marcada por la necesidad y la alteridad, y cómo ello influyó en los procesos y desarrollos de las sociedades y los individuos que conformaron lo que fue al-Andalus».

Antecedentes

El reino visigodo Los investigadores modernos destacan que el reino visigodo de Toledo arrastraba desde finales del una grave crisis social y económica-fiscal que afectaba a la estabilidad de sus estructuras en todos los ámbitos políticos, militares, jurídicos o eclesiásticos y lo situaba en un proceso de descomposición, con altas probabilidades de quedar escindido en diversos poderes o ser absorbido por una potencia mayor como finalmente ocurrió con los musulmanes, o ser anexionado dentro de un tiempo al Imperio franco carolingio.

La expansión musulmana

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Como ha señalado Maribel Fierro, la oleada conquistadora iniciada tras la muerte de Muhammad en el año 632, les condujo «a los musulmanes salidos de la península arábiga a formar un imperio. En el este, el Imperio sasánida desapareció bajo el empuje de los musulmanes, quienes llegaron hasta el valle del Indo por las mismas fechas en las que por el oeste caía el reino visigodo. Por su parte, el Imperio bizantino logró mantener su capital, Constantinopla, pero sufrió fuertes pérdidas territoriales, incluyendo sus posesiones norteafricanas. En pocas décadas, los musulmanes conquistaron Egipto e Ifriqiya (que corresponde al actual Túnez), donde fundaron la ciudad de Qayrawan en 670». A continuación dominaron a las tribus bereberes de los actuales Argelia y Marruecos y, tras conquistar la península ibérica, su avance solo quedó frenado por la derrota de Poitiers en 732.

Conquista musulmana de la península ibérica

En la primavera del año 711, Tariq ibn Ziyad ―lugarteniente de Musa ibn Nusair, gobernador de Ifriqiya (actual Túnez), en nombre del califa de Damasco― cruzó el estrecho que separa África de Europa al frente de unos 18 000 hombres —bereberes en su mayoría, aunque también con presencia de árabes— y desembarcó en la actual Gibraltar ―que será llamada así en honor suyo: "Yebel Tarik" o 'montaña de Tarik'―. A continuación derrotó al ejército visigodo encabezado por el rey Rodrigo en la batalla que tuvo lugar junto al río Guadalete y después ocupó Toledo, la capital del reino visigodo. Al poco tiempo llegó un nuevo ejército musulmán al mando del propio Musa ibn Nusair. La ocupación de la Península quedó completada en sólo dos años ―en unos casos mediante la conquista; en otros mediante acuerdos con miembros destacados de la nobleza visigoda, como el Pacto de Tudmir―. miniaturadeimagen|left|Invasión de la península ibérica por los ejércitos musulmanes.

La conquista de la península ibérica ―que los musulmanes llamaron al-Ándalus― duró relativamente poco por el súbito desmoronamiento de la Monarquía visigoda y por las luchas internas nobiliarias que la azotaban y también porque los invasores llegaron a acuerdos con la población local por los que respetaban sus formas de autogobierno, les permitían conservar la mayor parte de sus tierras y aceptaban la práctica religiosa cristiana a cambio del pago de un impuesto específico. thumb|Miniatura de Yahya ibn Mahmud al-Wasiti para el Maqamat de al-Hariri (1237) que representa a unos guerreros árabes preparándose para la conquista de Hispania.

Los musulmanes entendieron la conquista siguiendo el concepto coránico de fath definido en la azora cuadragésimo octava, que alude a la conquista de La Meca por Mahoma, al triunfo del profeta sobre sus enemigos, de ahí que fuera el término empleado para referirse a la expansión musulmana durante el y comienzos del a la que el fath dota de connotaciones sagradas, providencialistas y legitimadoras. Como ha afirmado el historiador británico Bernard Lewis, citado por Alejandro García Sanjuán, «no las veían como conquistas en el sentido habitual de adquisiciones de territorio, sino como derrocamiento de regímenes impíos y jerarquías ilegítimas, y como la "apertura" de sus pueblos a la nueva revelación y providencia». Por su parte García Sanjuán ha subrayado «su fuerte contenido providencialista, en función del cual el sujeto de la acción es el propio Dios». Así, las fuentes árabes describen la conquista de al-Ándalus con frases tales como «Dios conquistó al-Andalus para los musulmanes», «Dios derrotó al tirano Rodrigo y conquistó al-Andalus para los musulmanes» o «Dios conquistó al-Andalus por mano de Müsà».

Valiato de al-Ándalus (711-756)

miniaturadeimagen|Mapa de al-Ándalus en 732, durante su mayor extensión En el momento en que se produjo la conquista de la península ibérica el mundo islámico estaba unificado bajo un único poder político-religioso, el del califa (sucesor de Mahoma) de la dinastía Omeya que residía en Damasco. Es esta autoridad la que nombra al emir o valí que gobernará al-Ándalus desde Córdoba, su capital, y que se encargará de poner las bases del Estado islámico y de hacer llegar al califa la parte del botín y de los impuestos que le correspondía legalmente. Entre 712 y 756 fueron nombrados 23 valíes o emires.

Asimismo entonces se inicia el proceso de arabización y de islamización de la población hispano-goda, a pesar de que los árabes y bereberes que se instalan en la península son una minoría ―el número total de conquistadores rondaría los ochenta mil o los cien mil hombres, en su mayoría bereberes, mientras que la población local ascendería a unos dos millones de personas―.

Con los cristianos y con las comunidades judías, como «gentes del libro» (dhimmis), se estableció un pacto por el cual no tendrían obligación de convertirse al islam y gozarían de la «protección» (dhimma) del Estado (podrían mantener y construir iglesias y sinagogas, realizar sus concilios, mantener sus clérigos, etc.) a cambio del pago de un tributo (yizia) del que estaban exentos los convertidos a la religión musulmana. Esta permisividad religiosa sería la que explicaría que la islamización de la población peninsular fuera progresiva y que los hispanos que mantuvieron la religión cristiana, aunque adoptando la lengua y las formas de vida árabes —de ahí su nombre de mozárabes—, aún fueran mayoría durante los primeros siglos de Al-Ándalus, frente a los hispano-godos, también arabizados, que se convirtieron al islam, llamados muladíes.

Entre 741 y 743 se produjo una revuelta bereber iniciada en el norte de África y luego extendida a la península. El califa de Damasco envió entonces un gran contingente formado por regimientos sirios cuyos integrantes, tras sofocar la revuelta, se establecieron en al-Ándalus. Casi inmediatamente surgieron las desavenencias entre los recién llegados y los árabes que habían entrado durante la época de la conquista. «De forma más general, la desavenencia sobre quién se haría con el control de al-Andalus fue formulada como la oposición entre árabes del norte (qaysíes) y árabes del sur (yemeníes). Más allá de esta denominación tribal, lo que esa oposición reflejaba en realidad era la existencia de facciones dentro del ejército conquistador», ha señalado Maribel Fierro. «La división interna facilitó que en el año 756 un hábil exiliado, dotado de una poderosa genealogía árabe, pudiera hacerse con el poder», añade Fierro.

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Emirato de Córdoba (756-929)

En el año 750 el Califato de Damasco vivió una grave crisis, cuyo resultado fue que los omeyas fueron desplazados del poder (y masacrados) por el clan de los hashimíes, que trasladaron la capital a Bagdad ―el nuevo califa Abu al-'Abbas as-Saffah dará nombre a la dinastía abasida―. Sin embargo, un joven miembro del clan omeya, Abd al-Rahman, consiguió escapar de Damasco y huir hacia el norte de África buscando refugio entre los bereberes, parientes suyos por línea materna ya que su madre pertenecía a esa etnia. Desde allí contactó con clientes omeyas que vivían en al-Ándalus y cuando consiguió su apoyo cruzó el estrecho. En 756, con la ayuda de los árabes yemeníes, derrotó al emir del momento que se apoyaba en los árabes qaysíes, y se proclamó emir. Nació así el emirato omeya independiente de Córdoba, por lo que al-Ándalus pasó a ser una de las primeras regiones del Imperio islámico gobernadas de forma autónoma. El emirato no fue reconocido por el califa de Bagdad, aunque Abd al-Rahman sí que reconoció a este como suprema autoridad religiosa.

A partir de entonces, como ha señalado Maribel Fierro, «los emires cordobeses se esforzaron por consolidar su control sobre al-Andalus en tres sentidos: haciendo frente a sus opositores internos, evitando el avance de los reinos cristianos y desarrollando una política religiosa y cultural para fomentar una identidad andalusí que fuera proomeya». En cuanto a esta última convirtieron la mezquita de Córdoba, que hubo que ir ampliando conforme aumentaba la población de la capital, no solo en un lugar para el rezo, especialmente el comunitario de los viernes en el que también se proclamaba la obediencia al emir omeya, sino también en un lugar de enseñanza y en la sede del tribunal del cadí y asimismo se preocuparon en formar a los ulemas, los guardianes del derecho islámico al que también estaban sometidos los gobernantes. Al-Hakam I (796-822), hijo de Abd-al-Rahman, no dudó en reprimirlos cuando dieron su apoyo a la revuelta del Arrabal de Córdoba de 818, mientras que su hijo y sucesor Abd al-Rahman II (822-852) optó por entenderse con ellos para asegurar el control de la sociedad. Por otro lado, los gobernantes omeyas favorecieron en exclusiva el malikismo, una de las cuatro interpretaciones suníes del derecho islámico, para de esa forma asegurar la unidad religiosa de al-Ándalus. thumb|Mapa administrativo del Emirato de Córdoba en el . Aparecen las Marcas y la «tierra de nadie» que separaba el reino de Asturias de al-Ándalus.